Alta tecnología, bajos fondos

Estos días me he sumergido en el mundo hacker de finales de los ochenta a través de las películas 23 y The KGB, the Computer and me, dos caras de la misma historia, la de uno de los primeros hackers de Alemania de Oeste. En el hackeo de bases de datos, Karl Koch encontró reconocimiento pero la cosa se le fue de las manos entre trabajos para el KGB, la cocaína, la policía del estado y el sistema mediático. El subtítulo de 23, «nada es lo que parece», podría ser el antecesor – dado que todavía transmite más paranoia que empoderamiento tecnológico – de los primeros esloganes del movimiento ciberpunk: «la información quiere ser libre» y «bajo toda arquitectura informacional se oculta una estructura de poder».

Si la segunda película muestra, en la figura graciosa del astrónomo, una identidad nacional naif, una relación paternalista entre estado y ciudadano bien asentada, el hacker Karl Koch forma más bien parte de «la tripulación pirata de perdedores, buscavidas, parias, marginados y lunáticos» es decir, de los punks empoderados con la tecnología, los hackers y ciborgs de los relatos de ciencia ficción de William Gibson, para los que hackear era, a menudo, crackear. «Alta tecnología, bajos fondos» he leído en algún sitio. Los protagonistas de los relatos de Gibson son instrumentos en las maquinarias entrelazadas de estados, paraestados y corporaciones. Instrumentos tecnológicos, eso sí, pero que pocas veces tienen la oportunidad de reafirmarse como personas.

De personas-instrumentos está repleta también otra serie de relatos que estoy leyendo estos días: los que reunió Alfredo Grimaldos en su libro La sombra de Franco en la transición. Para escoger sólo uno, está el que se titula «Operación Mallorca». 1978, Argel. Intento de asesinato del líder independentista canario, financiado por compañías aseguradoras alemanas y organizado desde el Ministerio del Interior de España. Los protagonistas, aparte del estado y las aseguradoras, son confidentes de policía, dobles agentes, personajes marginales turbios y el ambiente, a menudo «de policías de paisano, chulos, prostitutas y lumpen». Aunque carentes de medios tecnológicos, no dejan de parecerme a la «tripulación» de Gibson. Lo cual hace que los relatos de éste me parezcan realmente creíbles.

Lo dice Bruce Sterling en la introducción de Quemando Cromo, la colección de relatos de Gibson:

El triunfo de estas historias radica en la evocación, brillante y autónoma, de un futuro creíble.

Un futuro que se hizo presente (y creíble), por suerte, no sólo con el empoderamiento tecnológico de estados y corporaciones. En 2002, el movimiento ciberpunk, ya más allá de esloganes y épica cracker, en plena etapa de ciberactivismo, consiguió, por ejemplo, romper el bloqueo informativo alrededor de la catástrofe del Prestige, bloqueo, por cierto, orquestado por el mismo individuo que la mencionada «Operación Mallorca».

Manifiesto Ciborg: placer y poder en dos lecturas

Apenas empezado el Manifiesto Ciborg, Jose me comentó en una conversación que Donna Haraway había estudiado biología. Un comentario muy afortunado: el texto me estaba resultando farragoso y así me acordé de que conocer el lado personal de la autora me podía animar a seguir leyendo. Ya me funcionó en su día con Saskia Sassen.

Fue así que, antes de seguir con el Manifiesto, leí la entrevista que Hari Kunzru hizo a Haraway en 1996 para Wired. De ahí supe que, efectivamente, estudió biología celular pero estuvo más interesada en cómo la biología era parte de la política, la cultura y la religión que en trabajos de laboratorio; se formó en medio de los movimientos libertarios de finales de los sesenta, el mismo ambiente que tuvo un papel decisivo en el desarrollo de Internet; durante algunos años vivió en una comuna; y siempre ha trabajado en el mundo académico, primero enseñando historia y teoría de la ciencia en Honolulu y Baltimore para luego convertirse en la primera persona en los Estados Unidos en enseñar teoría feminista en una universidad. Fue en California y en 1980, cuatro años antes de su Manifiesto.

Después, leí el resto del texto de un tirón para acabar consciente y muy contenta de que yo también era un ciborg. Que ya casi era un ciborg cuando, buscando ampliar mi realidad, escribí en un diario (entonces todavía en papel) todo para lo que no encontraba oídos humanos que me escucharan y busqué amigos de cartas para contar lo que no podía contar a nadie cara a cara.

Qué visionario por parte de Haraway la ruptura de tres límites (entre lo animal y lo humano, entre lo humano y la máquina y entre lo físico y lo no físico) para afirmar que

A finales del siglo XX todos somos quimeras, híbridos teorizados y fabricados de máquina y organismo; en unas palabras, somos ciborgs.

Fue el desmantelamiento de las fronteras entre animales y humanos lo que le llevó al ciborg y a pronosticar el fin de

(…) las dicotomías entre la mente y el cuerpo, lo animal y lo humano, el organismo y la máquina, lo público y lo privado, la naturaleza y la cultura, los hombres y las mujeres, lo primitivo y lo civilizado (…).

De pronto, el texto me pareció poco feminista y Haraway interesada en transgredir las fronteras igual entre hombres y mujeres que entre humanos y chimpancés o entre humanos y máquinas. Su frase “no existe nada en el hecho de ser mujer que una de manera natural a las mujeres” podría parecer la inauguración del fin del feminismo. Su pronóstico de que las identidades se formarán a partir de la afinidad en lugar de a partir del sexo u otras características “naturales”, me pareció un recurso liberador que prometía más poder y placer para las personas. Acertadamente, Haraway advertía que un mundo de ciborgs también podría ser “la última imposición de un sistema de control en el planeta”.

Fue en la segunda lectura del Manifiesto que me fijé en su carácter feminista, en los aspectos que pudieron convertir este texto en uno de los documentos fundacionales de lo que más adelante sería la teoría del género. Fue el primer texto que Haraway escribió en un ordenador personal – pero, según la entrevista de Kunzru, también fue el resultado de un encargo de que escribiera 10 páginas sobre el estado del feminismo socialista.

Vaya por delante que conozco poco de la historia del feminismo y de las teorías e ideologías en las que se sustenta. Pero sí me queda claro que Haraway anuncia en el Manifiesto el fin del “feminismo socialista” y hace un llamamiento a reinventar el feminismo “a través de la teoría y de la práctica dirigida a las relaciones sociales de ciencia y tecnología, incluidos los sistemas de mito y de significados que estructuran nuestras imaginaciones”. Y encuentra en la figura del ciborg un nuevo mito que el feminismo podría explotar, “el yo que los feministas deben codificar”. Haraway buscaba conceptos y conexiones para teorizar la experiencia de “la gente” en el nuevo paisaje científico y tecnológico que ella, en los años ochenta (los años de los primeros relatos ciberpunk) supo ver que se aproximaba. El ciborg le vino de perlas.

Estos días los indianos estuvieron debatiendo sobre identidad y comunidad real vs imaginada. Y yo me acordé de lo que leí en un ensayo sobre la emergencia de la comunidad on-line: que en 1983, un año antes del Manifiesto de Haraway, Benedict Anderson postuló que todas las comunidades más allá del cara a cara son imaginadas, un proceso posibilitado por los medios de comunicación de masas. Asumido esto, los académicos y estudiosos influidos por Anderson empezaron a prestar atención al “estilo en que son imaginadas” las comunidades. Parece que una de ellos era Haraway para quien el “estilo” debía ser feminista y, como consecuencia, el ciborg debía tener consciencia de género.

Las personas cuya vida está enmarcada en comunidades imaginadas como la del género o de la nación, necesitan, claro, que otros edifiquen teorías para describir su experiencia ya que no hay tiempo ni espacio para juzgar las personas por lo que hacen y no por lo que nacen. Sólo que, en este caso, el placer y el poder también los disfrutan otros. En el escenario de Haraway, lo disfruta el “género ciborg” que cumple una “venganza global” en el camino hacia “el sueño utópico de un mundo monstruoso (ahora sí) sin géneros.”

Así es como me explico el empeño de Haraway en secuestrar el ciborg para la causa feminista. Aun así, no deja de resultarme curioso que consiguiera hacerlo en el mismo ensayo en que pronostica, tan acertadamente, que en el capitalismo posindustrial habría “más mujeres y más hombres luchando con situaciones similares”. La predisposición, supongo.

ZTA: quién sabe lo que hemos de conseguir

En 1985, Hakim Bey propuso el concepto de las Zonas Temporalmente Autónomas (ZTA). En lugar de definirlo – ya que, como declaró, “existía más allá de las definiciones” – dedicó un sugestivo texto, más una fantasía poética que un ensayo, para ponerlo en contexto y circunscribirlo.

En éste, acerca las ZTA a la revuelta para oponerlo a la revolución o cualquier intento de solución permanente e inventa la psicotopología – sólo la mente humana puede reproducir lo real – para alejarlo de las medidas de mapas y estados. Lo asocia a la banda como unidad básica de organización social frente a la familia, la celebración como actividad que une y da poder a las personas y grupos siempre que no sea un espectáculo orquestado por el estado (que José enlaza, en una acertada analogía, con el botellón) y al nomadismo psíquico, un concepto algo oscuro que interpreto como la apertura ante la diversidad que instintivamente rechaza los dogmas y los ideales totalitarios (me encanta que Iván enlace las ZTA con el pastafarismo).

También lo asocia a Internet, tan poco conocido todavía por aquellas fechas y llama la atención sobre la naturaleza incontrolable de la red. Distingue entre redes jerárquicas y redes horizontales e identifica el hacker como “algo con un papel fundamental en la creación de las ZTA”.

El capítulo que recupera ZTAs pasados y presentes, con piratas, corsarios, bucaneros y otras figuras como protagonistas, me ha regalado el conocimiento de muchos momentos históricos de los que hasta ahora no sabía nada. Y también me recordó la metáfora en el nombre de las Indias Electrónicas.

Llegada a este punto, pese a los conceptos relacionados y ejemplos que ofrece el autor, no me acababa de quedar claro qué eran las ZTA. De modo que no quise resistir la tentación de hacer una recopilación de qué es y qué no es, basado en el texto.

¿Qué y cómo es?

«Una táctica consciente radical – Una táctica de desaparición – Una táctica perfecta para una era en que el estado es omnipotente y omnipresente pero también lleno de fisuras y grietas – Un “protocolo” – Momento descontrolado que conforma en una auto-coordinación espontánea, si bien breve – Es “epifánico”, una experiencia punta en la escala tanto social como individual – Un crecimiento que va de la domesticación a lo salvaje – Una forma de feracidad – Un “retorno” que es también un paso adelante – Un lugar físico, por tanto todos los sentidos deben estar implicados – El escenario de nuestra presente autonomía – Creatividad inmediata – Una Nueva Autonomía que se infiltrará en los medios y los subvertirá desde dentro – quiere existir en este mundo, no es la idea de otro mundo – centro de fuerza pagano en la confluencia de misteriosas líneas cósmicas – intensificación, derroche, exceso, potlach, vida consumida en vivir en vez de en sobrevivir»

¿Qué y cómo no es?

«Mundo visionario nacido de alguna falsa totalización – Pura fantasía vacía – Mermelada ayer o mermelada mañana pero nunca mermelada hoy – La mundanidad de la nolición – Pasotismo contracultural – Alguna horrible parodia de trance místico – Falsa promesa de utopía social a la que debamos sacrificar nuestras vidas para que los hijos de nuestros hijos puedan respirar un poco de aire libre – Isla – Utopía eterna – Escondite entre montañas – El silencia de una hiperconformidad irónica»

Comentamos con David que, si bien ZTA se aproximaba a describir la libertad que los indianos experimentaban en las primeras comunidades virtuales, no dejaba de ser un texto ambiguo del cual se alimentó la ideología rave, los místicos religiosos y seguramente muchas otras personas y grupos en búsqueda de nuevos ideales. Desde luego, hay de dónde alimentarse para todo eso y, en cuanto al resultado, lo dice el propio Bey: “Estudiemos la invisibilidad, el tramaje, el nomadismo psíquico, y ¿quién sabe lo que hemos de conseguir?”

Me gustará quedarme con la definición de la indianopedia de las ZTA como espacios de relación social no mediada por la coerción. Y añadir que también me recuerdan el flow de Csíkszentmihályi y el “vivir arrebatados por el cambio” de Juan Urrutia. Y terminar con enlazar esta cita que tan bien describe lo que Hakim Bey llama desaparición o invisibilidad y este post que incluye un ejemplo del mismo con un dato sorprendente sobre lo que llaman absentismo escolar.

Subway

Ayer terminé de leer Ciberia, cuyos últimos capítulos vislumbran una analogía entre los juegos de rol y el hipertexto, ambos capaces de generar sentido e invitar a ver la existencia como un conjunto cambiante de interpretaciones en lugar del marco dualista del vaso medio vacío o medio lleno.

(…) el jugador reconoce la imposibilidad de experimentar la realidad sin unas coordenadas interpretativas, y elige obtener el control total sobre la creación de tales plantillas.

La otra figura sugerente que nos muestra la última parte de Ciberia es la de los hackers, capaces de moverse por la red a su voluntad, parecido a cómo los vagabundos de la Gran Depresión consiguieron vivir en la red de ferrocarriles gracias a que conocían los horarios de los trenes mejor que los conductores.

Cada sistema se compone de personas cuyas necesidades no son cubiertas por los canales establecidos, y cada sistema explota una red existente, utilizándola para finalidades con las que no se ideó. Estos tipos de comunidad constituyen un componente cada vez más importante del sistema dinámico de la sociedad en su conjunto.

La analogía que Rushkoff hace en Ciberia con las comunidades que viven en los conductos del metro de Nueva York (“Bajas al fondo, jugueteas con algunos cables y consigues luz”) me recordó, además, una película que vi en mi primer ordenador poco antes de que éste se reciclara (antes de que a mí me hubiera gustado) como consecuencia de un robo de mi primer piso de alquiler en Budapest: Subway, situada en los canales del metro de Paris que es donde el protagonista (Christophe Lambert con un look muy ochentero) se esconde al huir de las autoridades para encontrarse en medio de una sociedad subterránea con caracteres variopintos.

Si en el filme la libertad y la diversidad de las comunidades que hackearon el metro de Paris tuvo como resultado, entre otros, buena música, las mismas características de Internet, hoy en día en peligro, son una base imprescindible para la innovación.

Blavatsky, Gaia y el miedo a la diversidad

Me estoy entreteniendo con el primer capítulo del itinerario. En concreto son dos libros, Ciberia y El mandril de madame Blavatsky, leídos de modo paralelo, que me hacen divertir y recrearme.

Mientras los ciberianos siguen, bajo el efecto de las drogas psicodélicas, viéndose a sí mismo como partes de un gran acontecimiento fractal, que llaman Gaia, Peter Washington cuenta en El mandril la historia del gurú occidental y descubre patrones útiles para interpretar, entre otros, los acontecimientos ciberianos.

Explicar la aparente diversidad en términos de unidad real es el principio formativo de muchas filosofías y religiones antiguas.

Este deseo de unidad está presente tanto en los movimientos ocultistas-espiritistas de los siglos XVIII y XIX que se propusieron extraer los elementos universales de todas las religiones y unirlos en una “doctrina universal”, como en los movimientos de la llamada Nueva Era que veían la realidad “como un inmenso fractal de campos en resonancia” con los que Rushkoff, creo, simpatiza en su libro.

En cuanto a sus métodos, si en los primeros predominaban las revelaciones mediante cartas de extrañas hermandades aparecidas en curiosas circunstancias, en los segundos las visiones se producen bajo el efecto de las drogas y hongos psicodélicos. Y si en los primeros todo el mundo, con excepción del señor o la señora gurú “se dedicaba al duro trabajo físico de llevar la propiedad”, en Ciberia somos testigos de comentarios al estilo del siguiente:

¿Cuánta gente ha probado las putas drogas inteligentes desde que empezamos con esto? Pues eso es indicativo de nuestro fracaso. La gente que se encarga del Bar Inteligente ni siquiera las toma, joder.

Y si me paro a pensar en esa manía de abarcarlo todo, de encajar cada pieza de la realidad en una única gran unidad, no puedo evitar pensar en que muchas empresas de hoy tienen “evangelizadores”, presentan sus productos como “auténticos” e intentan inscribir, de la mano de los estados, a las personas en sus propios patrones limitando su libertad.

Creo que este miedo a la diversidad, base de muchas filosofías y religiones, se percibe, además, en el dospuntocerismo y en la presentación, por parte de los grupos de poder, de los blogs como irrelevantes con el fin de mantener la agenda pública bajo control.

Una reflexión sobre el ácido lisérgico y Ciberia

Terminada la primera parte de Ciberia de Rushkoff, antes de seguir dejo una reflexión sobre el ácido lisérgico (LSD) y los matemáticos, programadores, hackers y crackers de Ciberia.

Si en Ojos de serpiente el “cerebro global integrado” se vislumbraba en forma de El Aleph, los ciberianos interpretan la red, la “infosfera”, directamente como “la etapa final del desarrollo de Gaia, el ente vivo que es la Tierra y del cual los seres humanos somos las neuronas”.

Y si esta imagen de una Tierra interconectada y nosotros como sus neuronas y su consciencia me resulta bonita, tampoco deja de ser una conexión imaginada (con “los otros”, “la humanidad”, “el planeta”…) como la que hay detrás de conceptos como la nación o el género.

Hace unos ocho años vi, en un pequeño cine de barrio de Budapest, un documental con el título ¿Hay vida antes de la muerte?. En él, Andrew Feldmar, amigo del psiquiatra R. D. Laing, dice que cuanto más “hipnotizados” estemos, es decir cuanto más desempeñemos papeles en la vida en lugar de vivir y comunicar desde nuestro propio punto de vista como personas, más muertos estamos. Y cuenta cómo el LSD le resultó útil para “renacer” de esta muerte. Era para él como cuando aprendió inglés: se le abrió un mundo distinto, pudo pensar de modo distinto sobre sus experiencias y utilizar la nueva lengua para enseñar y formular cosas antes inalcanzables, indecibles pero reales. En eso consistió para él el papel del LSD; es la misma influencia que permite al caballo de carrera saltar la cerca en el post de Manuel y al viajero de Ciberia “regresar a la vida diaria sin muchas de las trampas cognitivas que antes dominaban su interpretación de la realidad”. Y en esta última frase está otra de las claves para poner el LSD en su sitio y que queda claro del revelador post de Iván: que se regresa a la vida diaria donde la imagen de Gaia, si bien inspiradora, será de poca utilidad y habrá que ponerse a trabajar.

Antes de volver al aire de la superficie :-), dejo aquí un vídeo de Feldmar porque me parece un acompañamiento guapo a esta cita de Ojos de serpiente.

Una vez que la serpiente entiende que morirás antes que dejar que te controle, entonces tú recuperas el control.

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Molécula enzimática flotando en una corriente sanguínea

Algo andaba suelto en los ochenta del siglo pasado que me parece una ayuda tremenda para comprender las cosas que vemos en el mundo ahora: el ciberpunk. Estos últimos días me he sumergido en él a través de Mirrorshades, la antología ciberpunk que editó Bruce Sterling.

Castells enseña que el nuevo paradigma tecnológico del mundo es el informacionalismo y la nueva estructura social, la sociedad red. El ciberpunk muestra algunas de las consecuencias de esto en carne y hueso y, para mayor precisión, también en forma de neuronas y moléculas enzimáticas. Cosas concretas. Es por lo que me resulta atractivo.

De Castells se aprende que las tecnologías de la comunicación incrementan la capacidad de las redes para introducir nuevos actores y nuevos contenidos en el proceso de organización social. Los relatos ciberpunk ofrecen una muestra de quiénes son estos actores y en qué consisten estos contenidos.

Los actores son los estados y las corporaciones y los contenidos consisten en productos. El poder, la riqueza y los significados que se pueden obtener de la información y el conocimiento, son de ellos. Sí, se trata de redes potenciadas por las tecnologías de la comunicación basadas en la microelectrónica, pero en cuanto a su topología, son centralizados o descentralizados, no distribuidos.

Una de las metáforas que aparece en varios de los relatos, potente porque emplea el cuerpo humano, es la de las drogas como nuevos programas. La cuestión es quién tiene la capacidad de programar cuerpos y sistemas sociales.

«Su mente ahora corría, y sentía cómo había saltado al modo-lenguaje del azul jefe.»

La cita es de Zona libre de John Shirley con el cual he disfrutado mucho también por cómo presenta la escena pop, con sus tribus de minimonos, caoticistas, rockeros y tecnitas, de una isla artificial hipertecnológica originalmente de prospección petrolífera y convertida en zona de entretenimiento y placer para ricos. Adelanta, además, el conflicto entre los músicos y la industria discográfica en la sociedad red:

«Tenemos fans pero no podemos conseguir la distribución para llegar a ellos.»

Y dibuja una escena escalofriante con la autoridad empleando la última tecnología con principios “de calidad”.

«Los dos animales arrastraron al tío menudo por el tobillo hasta un quiosco de forma oblonga, y lo metieron en una cápsula. La sellaron, garabatearon un informe que pegaron al marco del plástico duro de la cápsula. Luego metieron la cápsula del hombre en el tubo succionador del quiosco. La cápsula fue succionada hacia abajo, de acuerdo al principio del correo por tubo, hasta la cárcel de Zona Libre.»

Para terminar, también hay voces en el ciberpunk, pocas y débiles pero qué bonitas, que hablan de evolución artificial o de la oportunidad de convertirse en arquitectos de un universo nuevo, como ésta en Petra de Greg Bear:

«¿Te enseñé algo de las reglas de la arquitectura, quiero decir, de la estética? ¿La necesidad de la armonía, de la interacción, de la utilidad, de la belleza? —Un poco —dije.

—Bien. No creo que construir un universo nuevo requiera mejores reglas.»

Qué cierta la cita que David rescata de Pat Cadigan: que «la ciencia ficción nunca habló del futuro sino del presente».

Aprendizaje itinerante

Este es mi primer post en el itinerario indiano que empiezo con muchísimas ganas. Me gusta pensar en él como una materialización del título que di a mi blog – Wanderjahre -, palabra con la que denominaban en la Europa Central de la Edad Media los años de aprendizaje itinerante que emprendían las personas para ser plenos miembros de sus gremios.

Después de mi primer comida-encuentro con los indianos, escuché esta charla de Elif Shafak. En ella me resonaron dos temas que comentamos durante la comida y que ahora me sirven para presentarme en mi primer post de itinerante.

Cuenta por un lado que, cuando su madre entró en el cuerpo diplomático de Turquía, ella a su vez entró en un colegio internacional. Resulta que justo en Madrid. Lejos de un clima cosmopolita e igualitario, recuerda que cada niño en el colegio era visto, no como una persona, sino como el representante de su país. Como en un pequeño Naciones Unidas. Sólo que cuando en el país en cuestión pasaba algo negativo, el niño que lo representaba era objeto de burla, ridiculizado e intimidado sin fin. Los días que militares tomaron el poder en Turquía, que un soldado de su misma nacionalidad casi mató al papa y que Turquía ganó cero puntos en el concurso de Eurovisión, Elif prefirió ponerse mala y soñar con convertirse en marinero. Entiendo que lo hiciera; recuerdo que de adolescente preferí mandar al cuerno a la prensa de la minoría alemana que – al terminar segunda en un concurso nacional de alemán – me quiso entrevistar como representante de algo de la que no me sentía parte. Pasaron muchos años hasta que comprendí lo mucho que eso tenía que ver, aparte de orgullo adolescente, con comunidad real vs comunidad imaginada y con transnacional vs internacional.

El segundo tema que salió fue el de vivir con varios idiomas. Dije que eso me ayudaba, por un lado, a adaptarme mejor a distintos lugares y personas pero que, por otro lado, me dificultaba al pensar, me hacía más lenta. Manuel se acordó de que había leído que no pensábamos en palabras sino en imágenes y que la conversión de los pensamientos en palabras sucedía después de pensar. Elif Shafak dice que vivir con idiomas adquiridos después de la primera infancia es una frustración perpetua. Las personas así siempre quieren decir más, contar mejores chistes, mejores cosas para, al final, acabar diciendo menos. Porque hay un vacío entre la mente y la lengua y este vacío es intimidante. Peeeero, si conseguimos no asustarnos, ¡resulta estimulante! Otro de los rasgos, pues, que me caracterizan es que vivo estos estados de frustración-estímulo de manera continua, casi todos los días, y mucho más cuando me toca escribir. A lo largo del itinerario indiano todos podrán seguir lo que sale de ahí.

Un abrazo a todos!

Destellos de Barabási en Budapest

En la revista publicitaria de la librería budapestina donde compré el libro del post anterior, leí un artículo sobre el nuevo libro de Albert-László Barabási que se titula Bursts: the hidden pattern behind everything we do. A “bursts” lo tradujeron al húngaro como “destellos” (villanások); en castellano la palabra que mejor transmite el significado original sería, quizás, “arrebatos”.

Tengo todavía pendiente la lectura del primer libro de Barabási, Linked, en el que relata que la primera aparición documentada de la teoría de los seis grados fue literaria, postula que vivimos en un mundo pequeño en que todo está conectado a todo y hace una aportación importante a la teoría de redes sociales. Dediqué hora y media para leer los primeros capítulos de Bursts en la librería antes de comprarlo como regalo para una amiga con la que habíamos comentado hacía unos días la gran cantidad de datos personales digitales que dejamos de nosotros en el día a día. Porque en el libro, Barabási demuestra a partir de estos datos que mucho comportamiento humano ocurre según patrones, en “arrebatos”. En un experimento, en que usó las bases de datos de una compañía de móviles con 10 millones de usuarios en un país europeo, consiguió pronosticar el movimiento de los usuarios al combinar información sobre el lugar donde se encontraban y sus patrones de movimientos “arrebatados”. No sé, no llegé más allá del tercer capítulo, si demuestra que cada vez más comportamiento humano será predecible pero me temo que algo de eso habrá en el libro.

Por cierto, mi amiga, al regalarle el libro, me contó que una amiga suya había conocido a Barabási personalmente en una conferencia en Budapest hacía poco, lo cual me coloca a dos eslabones de él en la cadena de conocidos.

En mi viaje de vuelta conocí a una chica que iba a Sevilla para una entrevista de trabajo en el Instituto de Prospectiva Tecnológica, un centro de futurología de la Comisión Europea que “promueve una mejor comprensión de la relación entre tecnología, economía y sociedad”. Ya en el metro de Madrid me comentó que era de Miercurea-Ciuc, ciudad situada en una parte de Transilvania que se llama País Székely, que había ido al mismo colegio que Barabási – ya estoy a tan sólo un eslabón – y que sus respectivas madres eran grandes amigas.

Termino el post con una foto de vacaciones que, creo, no tiene más destello de Barabási que las iniciales: Balaton.

El conocimiento especializado, tan grande ya como el mundo

Estoy en Budapest, con Lengua y alma de Kosztolányi entre mis manos. Es una colección de sus escritos relacionados con la lingüística y la estética; esta última una de las tres competencias básicas según Jesús Martín Barbero. En uno de ellos, de 1922, se dirige a su amigo lingüista Manó Kertész, investigador del origen de los refranes, rescatador del significado original de éstos:

Y tengo otro presentimiento: hoy en día, el conocimiento especializado es tan grande ya como el mundo.  Dime, ¿qué eres tú realmente, pescador, cazador, campesino, cocinero, brujo, húsar, sastre, zapatero, comerciante, escribiente, jugador de cartas o juez? Nada de esto, podrías responder, y un poco de todo.

Qué buena definición del trabajador del siglo 21, de la persona T, del hombre del renacimiento, del pluriespecialista.