Imprevisible, pequeña, azarosa, diversa, liberadora, resiliente. La enredadera.

Después del día de la fides con sus ramos de perejil como símbolo de la resiliencia y una excursión al monasterio cisterciense de Huerta, los indianos celebran hoy el comienzo de su noveno año. Aprovecho las fotos que hizo María en Huerta para renovar la cabecera de mi blog con una enredadera, metáfora que me parece aún más poderosa después de leer los relatos hermosamente enlazados de Como una enredadera y no como un árbol.

Me voy a dar el gusto de recorrer de nuevo los mitos de la historia de Internet que los ciberpunk elaboraron en 2003 en este libro colaborativo. Y lo haré siguiendo la metáfora de la enredadera que vertebra el libro.

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La lógica de la abundancia y la conflictología

En una de las asignaturas que he elegido este cuatrimestre, Conflictología, las actividades giran en torno al libro de Eduard Vinyamata con el mismo título. En el prólogo leo que la disciplina llamada conflictología tiene sus inicios en los años setenta en EEUU, fue motivada por las tensiones debidas a la Guerra fría y, en sus orígenes, bebe de fundamentos espirituales desarrollados por los cuáqueros. El autor describe una de las piedras angulares de la disciplina en los siguientes términos:

Normalmente, se tiene el convencimiento de que toda disputa siempre se resuelve a favor de una de las partes en perjuicio de la otra. Resulta extraordinariamente difícil concebir resultados en que ambas partes del litigio puedan resultar plenamente satisfechas. De hecho, esta es una de las principales dificultades que habrá que superar para poder solucionar conflictos. (…) Si las partes en conflicto, todas ellas, no resultan plena y simultáneamente satisfechas, no podremos decir que el conflicto ha finalizado, este se planteará de nuevo en cuanto encuentre ocasión más propicia.

Si sigo leyendo (que, sin duda, haré), ¿me encontraré con algo parecido a la lógica de la abundancia? ¿Será posible fuera de los espacios digitales? Estaré atenta al respecto.

En todo caso, el autor afirma que los sistemas tradicionales de resolución de conflictos, como las normas y las leyes, la negociación coercitiva y las técnicas psicológicas orientadas a la resignación, sólo prorrogan o reprimen, pero no solucionan los conflictos. Con este panorama no es de extrañar, pues, que se sigan buscando Zonas Temporalmente Autónomas.

El empuje del hacker, en la base de las redes distribuidas

Después de leer Días verdes en Brunei de Bruce Sterling, Mundo Espejo de William Gibson y ver los vídeos sobre la historia del software libre y el papel de Otpor! en derrotar a Milosevic, empiezo a ver la ética hacker por todas partes. Se me viene a la mente cuando Juan Urrutia pide empuje en lugar de liderazgo, cuando David piensa sobre las bases conceptuales de un software que apoye los procesos deliberativos y cuando veo a un amigo funcionario extrañarse de que no haya entusiasmo por la huelga general.

Así predispuesta, cuando llego a La ética del hacker y el espíritu de la era de la información de Pekka Himanen, de repente tengo claro que la cultura del hacker, o del bricoleur, es el sustrato mismo del que pueden surgir las redes distribuidas. Porque, como dijo David hace ya bastantes años, la tecnología no conduce necesariamente a ningún lugar. Son las personas. No el estado, ni las empresas. La ética hacker nos recuerda una y otra vez que la unidad básica de cualquier cambio social real son las personas con voluntad propia.

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Ya no basta con encajar en el papel

Leo en El capitalismo que viene que la globalización pone en juego la institución sindical haciendo que sus finalidades y objetivos alcanzables no queden nada claros. Añade Juan Urrutia que la épica sindical de lucha de clases está dando paso a una épica antiglobalista, su ética de solidaridad a otra ética «menos de clase y más de identidad» (nacional, de género u otras identidades imaginadas como la humanidad) y pienso lo bien que se ve todo esto en un reciente manifiesto para sumarse a la huelga general del 29 de septiembre de 2010.

El manifiesto, buen ejemplo de varias de las ideologías de la descomposición, es un texto tan decimonónico como lo es también el Estatuto de los trabajadores.

Entre los papeles residuales que en el nuevo escenario de producción les queda a los sindicatos, los del manifiesto asumen competencias más bien oenegistas. Del otro papel que menciona Juan Urrutia en su libro, el de velar por el buen funcionamiento del modo de producción preocupándose de la verdadera competencia y del buen gobierno de las empresas, no veo rastro. Pero seguiré buscando.

Ayer me apunté estas frases de Mundo espejo:

Este negocio nuestro se está haciendo más pequeño. Como muchos otros. Va a haber menos jugadores. Ya no basta simplemente con encajar en el papel y cultivar una actitud.

En lugar de encajar en el papel, toca la responsabilidad individual y en lugar del cultivo de una actitud, la interacción.

Entre crumble y mutabal

Tengo la sensación de avanzar en el itinerario a paso más bien lento. Mi lector de feeds recoge cada día de más fuentes, las conversaciones indianas me resultan irresistibles y me cuesta no perderme entre los tallitos de la enredadera. Además, también me gusta entregarme a placeres tales como preparar crumble o mutabal que ya a la primera salen riquísimos. Afortunadamente tengo como referencia a Iván que está aquí pese a no haberse apresurado.

Estos días, cada vez que leo un capítulo de El capitalismo que viene, me pillo maravillada por lo bien que explica en él la economía Juan Urrutia. La disipación de rentas como consecuencia, y la competencia perfecta como estación final del netweaving, resultan conceptos utilísimos para pensar sobre el sistema económico. Me pregunto hasta qué punto se asemejan a la segunda ley de la termodinámica y si tiene sentido buscar este tipo de semejanzas entre lo físico y lo social.

Después de haber participado el año pasado en lo que era un intento torpe de diseñar una llamada «red social», me encanta encontrarme con el verdadero motivo del fallo de generar valor tanto de las empresas de la «crisis puntocom» como de muchas «redes sociales» de hoy: no poder explotar las ventajas de la reducción de los costes de transacción por servir a una clientela cuya confianza no han ganado, porque ésta no está constituida en una red identitaria. Una pena que a lo largo la asignatura «Comunidades virtuales», que cursé el pasado semestre en la UOC, no hayamos diferenciado comunidad imaginada de comunidad real (mejor dicho, dábamos prácticamente por hecho que la segunda ya no existía) o adhesión de participación y de interacción, conceptos claves para pensar sobre «redes sociales».

Es ahora también, y no en las asignaturas básicas del Master de Sociedad de la Información y del Conocimiento, que empiezo a entender realmente el fenómeno del software libre. Aunque, para ser justa con el Master, voy a añadir que el impulsor  de que todos los estudiantes tengamos blog fue de uno de los consultores defensor del software libre. Pero el concepto de libertad detrás del software libre no lo tenía nada claro. Al buscar un buen CMS para la empresa en la que trabajaba, veía que los consultores de software libre eran más caros que las empresas que vendían su propio CMS privativo y me decanté por las segundas. Sólo después me di cuenta de que, para cualquier modificación o nuevo desarrollo, dependía de esa única empresa y que había renunciado a la diversidad y a la libertad de poder elegir y cambiar. En plena postmodernidad, elegí formar parte de una cadena propia de la modernidad.

Y los resultados de aquella aventura me enseñaron claramente que los tiempos modernos terminaron. Es hora de afrontar la realidad sin miedos viejos, con lógica nueva.

El mundo moderno y la mirada universalista frente al mundo postmoderno y el ‘nosotros’ concreto

En el resumen del primer capítulo de El capitalismo que viene Juan Urrutia introduce el postmodernismo como «actitud cultural subyacente al capitalismo que se va conformando» y lo contrapone al modernismo, actitud que caracterizaría el capitalismo industrial.

En el mundo moderno la figura simbólica del saber y del poder es el árbol; en el postmoderno ese saber y ese poder toman la forma del rizoma o de la enredadera con múltiples formas de autoridad intelectual y de poder político.

Si los saberes del árbol son las ciencias sociales consolidadas a lo largo del siglo XIX – estadística, economía, sociología, historia, criminología, psicología -, ¿cuáles son los saberes de la enredadera?

Si el poder del árbol se materializa en el estado y un sistema económico basado en monopolios y oligarquías, ¿qué formas toma el poder en la enredadera?

Para alcanzar respuestas que sean realmente las de la enredadera, ya no sirve la mirada universalista del mundo moderno (que subyace al nacionalismo económico, la lucha de clases, el antimercatismo, entre otros). Es necesario otra mirada que se centre en construir desde lo concreto.

Nacionalismo económico vestido de política de innovación

«No puede haber innovación mientras las industrias europeas siguen tentadas de mover su producción al extranjero», dice el Ministro de Industria de Francia y añade que «la UE debe frenar la externalización si quiere seguir siendo competitiva». Con su discurso antiglobalista quiere asegurar que todos los productos fabricados en Francia lleven la etiqueta «Made in France», que sería, según él, clave en una política europea de innovación. Suena a otro de esos penaltis que Nat comentaba el otro día.

Fijando conceptos: globalización, capitalismo que viene, descomposición

A estas alturas del itinerario, qué bien viene el post de la Bitácora de las Indias sobre globalización y descomposición. Sienta bien recordar que la globalización es la integración de mercados en un escenario mundial y, de paso, acordarme de un buen maestro que ya intentó enseñarme lo mismo durante mi paso por la enseñanza superior.

Tener presente las tres libertades de movimiento (de personas, mercancías y capitales) necesarias para la globalización aporta una base de mirada firme. Llamarlas «libertades» deja claro que el mercado no es «malo» – salvo que se considere «mala» la libertad, claro – sino que el mercado nos hace libres.

Los movimientos antiglobalistas, altermundistas, decrecionistas y de comercio justo me resultaban confusas desde siempre con sus contradicciones paternalistas (proteccionismo junto a ayuda al desarrollo) y su afán de convertirse en los protectores de la «madre» naturaleza, ambas motivadas por un profundo miedo a ¿qué exactamente? ¿Quizá a… vivir? Me uno al comentarista de la Bitácora de las Indias que dijo que el consumismo (y la globalización, añadiría yo) «sólo es un problema para los que no tienen una pasión en la vida».

Fijar todos estos movimientos e ideologías como parte de la descomposición y ésta como la consecuencia de la resistencia ante el cambio me parece de lo más coherente. Lo comentamos con José uno de estos días: estos grupos, si pudieran, montarían otro estado con la misma estructura descentralizada acompañada de los monopolios y redes clientelares propios del capitalismo de amigotes. Aunque no sea parte del itinerario, el siguiente libro que querré prestar de la Biblioteca de las Indias es El capitalismo que viene.

Para terminar, me vino genial encontrarme con el concepto del tecnoimperialismo. Explica y nombra acertadamente a todos aquellos fenómenos de la globalización – partes también de la descomposición – ligados al mantenimiento del poder de las grandes empresas y los estados, como la regulación internacional de la propiedad intelectual y las patentes, frente a la globalización de los pequeños.

13 mil años de globalización… y los que quedan

En su libro Armas, gérmenes y acero: breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años, Jared Diamond argumenta que el hecho de que las civilizaciones euroasiáticas, en general, han sobrevivido y conquistado otras no se debe a la superioridad de los miembros de estas civilizaciones sino, entre otras cosas, a la relativa facilidad que tuvieron para difundir los inventos.

Según Diamond, la mayor parte de Eurasia se sitúa en el eje este-oeste donde existen pocas barreras geográficas (como montañas o desiertos), lo que permitió una rápida expansión de la agricultura. En continentes que se sitúan en un eje norte-sur, las barreras geográficas impidieron la difusión de inventos, de modo que, aunque en el valle del Mississipi la agricultura se inventara al mismo tiempo que en el Creciente Fértil, este invento no se difundió para expandirse y, a través de mutuas retroalimentaciones, aportar más poder a las civilizaciones de América.

Una vez un compañero del master me advirtió que enlazar un ejemplo del pasado remoto para facilitar la comprensión del impacto de las TIC en la sociedad actual era complicado y que ya era un encaje de bolillos enlazarlo con la época inmediatamente anterior a la era industrial. A mí, sin embargo, me parece útil recordar ese hallazgo de Diamond, ya sea para pensar sobre las tecnologías de comunicación, la propiedad intelectual o la globalización. Además, hace 13 mil años no parece un pasado tan remoto si pensamos que el 99% de la historia del ser humano ocurrió en los 2,5 millones de años anteriores a estos 13 mil.

Mi lectura de Diamond es que el proceso en el cual personas, que viven en comunidades geográficamente separadas y esparcidas por el globo llamado Tierra, interactúan entre ellas, es antiguo, favorece la innovación y otorga importantes ventajas competitivas a las comunidades. Por qué no llamarlo globalización desde la primera vez que ocurrió.

No es que no sean útiles las categorías de Thomas Friedman en su libro La Tierra es plana: la globalización protagonizada por imperios (de 1492 hasta 1800), la protagonizada por corporaciones y estados (de 1800 hasta 2000) y, finalmente, la globalización cuyos protagonistas son las personas (a partir de 2000). Pero obvia que hubo globalización antes de Colón (por no hablar de su ceguera ante la globalización más allá del anglomundo pese a su empeño universalista de explicar la Tierra entera que, según él, ahora sería plana).

Hay, sin embargo, un pasaje en el primer capítulo de La Tierra es plana que me encanta. Es cuando Friedman cita a David Rothkopf:

¿Qué ocurre si la entidad de política en la que te encuentras ya no tiene nada que ver con unos empleos que se desempeñan en el ciberespacio, o deja de representar a unos trabajadores que en realidad están colaborando con otros trabajadores ubicados en diversos puntos del planeta, o deja de equipararse con una producción debido a que éste tiene lugar en varios sitios a la vez? ¿Quién regula el trabajo? ¿Quién lo grava? ¿Quién tendría que beneficiarse de los impuestos?

Ay, todo preguntas pero ¡qué sugerentes! Qué desafío la globalización protagonizada por las personas y las comunidades reales cuando, como lo demuestra Saskia Sassen, las corporaciones, unidos íntimamente a los estados, llevan tanta ventaja.

Genial la analogía de Manuel entre la globalización de los estados-corporaciones centrada en territorios, con una topología descentralizada y el empeño de estos mismos actores en imponer esa misma topología a Internet frente a la globalización de los grupos pequeños que necesita de una topología distribuida tanto en la globalización como en Internet.

De los movimientos anti- y alterglobalización hablaré en el siguiente post.

El único juego en la ciudad

Hoy temprano he terminado Neuromante, la primera novela ciberpunk (las de hasta ahora eran relatos) que he leído. Casi podría decir la primera novela de ciencia ficción que he leído aparte de Soy leyenda de Richard Matheson y la primera de la serie Dune de Frank Herbert.

Y me ha costado. Me ha costado porque echaba de menos una buena pedia sobre ella y porque lo leí en inglés, que supone más disfrute pero también más esfuerzo.

Ha sido, además, uno de los primeros textos distópicos sobre la tecnología que he leído. Pero es que eso de que tener un único juego en la ciudad no puede acabar bien, no lo tenía del todo claro hasta hace poco.

Se me han juntado muchos “primera vez” aquí – por eso costó.

Como ya le ocurrió a Manuel, he vuelto a reconocerme ciborg gracias a que, como bien comenta Iván, Gibson no deja de mostrar la humanidad que hay detrás de estas criaturas. El simstim, por ejemplo, me tiene captivada. Me encanta la reflexión de Molly acerca de este cacharrito con el que Case puede percibir desde la distancia todo lo que ella percibe a través de sus sentidos (aumentados, cabría añadir).

I like it, you know? Like I’ve always talked to myself, in my head, when I’ve been in tight spots. Pretend I got some friend, somebody I can trust, and I’ll tell ’em what I really think, what I feel like and then I’ll pretend they are telling me what they think about that, and I’ll just go along that way. Having you is kinda like that.

Me encanta, claro, porque yo también hablo conmigo misma. Pero puesta a preferir, prefiero la deliberación.

Al tratar de explicar qué y cómo son las inteligencias artificiales que manejan los hilos, Gibson se acerca a lo que Hakim Bey, más tarde, denominaría, Zonas Temporalmente Autónomas o bien saca su lado ¿situacionista?

I try to plan, in your sense of the word, but that isn’t my basic mode, really. I improvise. It’s my greatest talent. I prefer situations to plans, you see… Really, I’ve had to deal with givens.

Con el grandioso plan de la creación de inteligencias artificiales entra en la historia el eterno deseo de un único Dios que se haga responsable, en última instancia, de todo. Es momento de recordar los peligros de la mirada universalista (y a madame Blavatsky).

She was quite a visionary. She imagined us in a symbiotic relationship with the AIs, our corporate decisions made for us. Our conscious decisions, I should say. Tessier Ashpool would be immortal, a hive, each of us units of a larger entity. Fascinating.

Tampoco faltan nuevos – y oscuros – destellos de Barabási, especialmente de su nuevo libro Bursts.

I saw her death coming. In the patterns you sometimes imagined you could detect in the dance of the street. These patterns are real. I am complex enough, in my narrow ways, to read those patterns.

Aparte del Flatline, los que más humor aportan a la narración son los rastas de la colonia espacial de Zion, una atractiva metáfora de comunidad con economía autónoma.

Me gusta mucho la solución antiespiritual que Gibson da al porqué, al objetivo de las inteligencias artificiales. Por eso, me permito terminar el post con uno de sus geniales diálogos:

“I’m the matrix, Case.”
“Where’s that get you?”
“Nowhere, everywhere. I’m the sum total of the works, the whole show.”
“That what 3Jane’s mother wanted?”
“No. She couldn’t imagine what I’d be like.”
“So what’s the score? How are things different? You running the world now? You God?”
“Things aren’t different. Things are things.”
“But what do you do? You just there?”
“I talk to my own kind.”
“But you’re the whole thing. Talk to yourself?”
“There’s others, I found one already.”
“From where?”
“Centauri system.”
“Oh, yeah? No shit?”
“No shit.”