Una mirada a la culpa

Si el otro día comentamos que afrontar la realidad desde el universalismo debilita la resiliencia, frena la innovación, y dificulta la defensa, esta vez me gustaría detener la mirada sobre la culpa. Volvamos a 11M Redes para ganar una guerra y cómo la opinión pública en España enfrentó la pregunta de quién hay que defender de los atentados terroristas.

«(…) frente a un atentado del terrorismo de red internacional la opinión española entiende que no hay un nosotros que defender, sino unos principios que imponer al orden internacional sin cuyo triunfo las víctimas son inevitables pues no son más que consecuencia del «dolor» causado por la existencia de diferencias de poder y renta entre los países y bloques. Diferencias de las que nosotros mismos seríamos beneficiarios y que nos harían por tanto en cierta medida culpables de nuestras propias víctimas»

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Operación de amígdalas

Hace algunas semanas Iván enlazó un vídeo sobre lo que motiva al hacker. Ahora encuentro otro vídeo de los mismos creadores que, por un lado, da razones para el unschooling, fenómeno sobre el que leí por primera vez en un reciente minipost de Juan Urrutia. Por otro lado, me ha recordado mi operación de amígdalas.

El vídeo me hizo tomar consciencia de que la operación de amígdalas fue, y nada podría describirlo mejor, mi primer contacto con una fábrica de producción industrial. El ejemplo por excelencia de la producción industrial es, lo podemos leer en El capitalismo que viene, la planta de ensamblaje de automóviles o aviones dibujado en forma de cuenca fluvial en la cual las materias primas entran por un lado y dentro son tratados por operarios colocados a lo largo de una cadena hasta salir el producto final por el otro lado. Sin embargo, para mí, la operación de amígdalas, que en los ochenta se hacía de manera rutinaria y requería, por tanto, de una organización científica, me resulta un ejemplo más cercano.

A los niños con operación programada para aquella mañana nos ponían en una fila en el pasillo de la planta de tal manera que el inicio de la fila coincidiese con la puerta detrás de la cual se realizaba la operación. De ese modo, cuando sacaban a un niño operado, todavía inconsciente por el éter inhalado, no se perdía tiempo en ir a buscar al siguiente; el avance de la fila hacía que éste se encontrara justo delante de la puerta. Just in time. A mí me tocó presenciar la salida de varios niños y pude tomar nota de que la fila avanzaba realmente bien, la espera no resultaba molesta. Debida a mi tierna edad (2 años) seguramente no era consciente de lo que me iba a pasar y por eso no me importaba portarme bien en la fila. Además, vi a los otros niños salir en brazos y yo llevaba ya varios días en el hospital: me apetecía que me cogieran en brazos ya de una vez.

Aun así, pese a todo el empeño taylorista de coordinación, no pude dejar de sentirme engañada una vez dentro de la sala. Y el éter hizo que, para colmo, no pudiese ni disfrutar del abrazo. La experiencia me hizo precavida. Desde entonces he preferido siempre entrar en los sitios el primero y enterarme cuanto antes de lo que iban.

Y esto me lleva de nuevo al vídeo en cuestión que argumenta que los actuales sistemas educativos, construidos sobre la cultura intelectual de la revolución francesa y las circunstancias económicas de la revolución industrial, no cuentan con que, hoy en día, en la actualidad, tanto producción como aprendizaje y conocimiento requieren no una cadena de montaje sino una comunidad. Seguramente sea por eso que las operaciones de amígdalas sólo las hacían como rutina a los niños muy pequeños: los que eran un poco más grandes, hablando entre ellos, se enterarían de lo que iba la cosa y ya no harían una fila tan bonita.

Defender la vida y no los principios

Mientas David escribe su nuevo libro sobre la descomposición, me he leído 11M, Redes para ganar una guerra, libro suyo de 2004 sobre el suceso que parecía que iba marcar un antes y un después en la forma de estructurarse la sociedad española.

El 11M es uno de esos episodios de la historia sobre los cuales me resulta difícil pensar sin sobrecogerme. A David, que lo vivió todo de cerca, seguramente el corazón se le encoge mucho más. Por suerte, esto no le impidió hacer un análisis profundo de las causas de los sucesos de aquellos días. Este post no pretende otra cosa que resumir de forma breve lo que he aprendido con esta lectura.

Multiculturalismo y mestizaje es otra de esas parejas de palabras que me voy encontrado en el itinerario y que son sumamente útiles para comprender fenómenos complejos (otras son internacional-transnacional o pluralidad-diversidad): un multiculturalismo que, conforme iban llegando a España más y más inmigrantes a partir de los ochenta, se convertiría en discurso oficial biensonante pero que, visto de cerca, en realidad encubría una impermeabilidad de la sociedad que se volvería en su contra.

La alternativa al multiculturalismo es el mestizaje que coloca la diversidad en el individuo y no en las comunidades y cambia por tanto el signo de la pertenencia. Mientras el espacio multicultural es un espacio social definido por varias comunidades internamente homogéneas a las cuales pertenece con exclusividad el individuo, en el mestizaje la diversidad está en el individuo, no es él el que pertenece a una cultura, sino distintas culturas las que le pertenecen a él en grado diverso y en la forma que finalmente, él y no la norma o la élite intracomunitaria, decide.

La descripción de una sociedad pobremente vertebrada más allá de «cuadrillas» se ajusta bastante a mis propias experiencias del año que pasé en 2000 y 2001 como inmigrante en distintas partes de la Península Ibérica. A la cuadrilla, sin identidad propia más allá del ser de tal localidad o haber ido a tal escuela, no le interesa mezclarse con personas de fuera, preferirá verlas como una gran unidad de ellos. La persona cuya vida social se articula en cuadrillas, las chicas del Este le dan recelo y a los inmigrantes musulmanes los querrá ver bien gestionados (controlados, empaquetados) por su propia «élite intracomunitaria». No era consciente de ello antes de leer el libro pero tampoco me sorprende que, insensible ante la diversidad de los inmigrantes musulmanes, uniendo política de integración con política exterior, el estado español entregara la tutoría del islam en España a la monarquía saudita. El wahabismo, una rama integrista del islam que es religión oficial en Arabia Saudita, representaba así una de las pocas opciones de integración en la sociedad española para aquellos inmigrantes marroquíes quienes se convirtieron en los terroristas islámicos del 11M.

Coincido con Juan Urrutia quien dice en el epílogo que es iluminador cómo el libro identifica a los verdaderos interesados en el terrorismo islámico: los caciques locales y la oligarquía petrolera árabe. Son los que, ante las nuevas oportunidades y libertades que la globalización y las remesas de los inmigrantes abren para una población hasta entonces sumisa, temen perder su poder y sus monopolios. Y son a ellos a los que fortalece Europa al proteger su agricultura, motivado también por el temor ante una pérdida de poder y monopolios. Tanto el terrorismo islámico como el proteccionismo de la PAC son elementos de la descomposición. Y, como tales, se fortalecen recíprocamente.

Al leer las soluciones que David propone uno recuerda la famosa frase de Einstein de que los problemas no se solucionan en el mismo nivel de pensamiento en que fueron creados. Ante los fenómenos de la descomposición y resistencia a la globalización se necesita,no un retroceso, sino más de lo nuevo, más globalización. Si los que se resisten a las libertades individuales que podría traer la globalización se organizan en enredaderas porque la tecnología lo hace posible, no se necesita centralización y control sino,  «hacer florecer enredaderas sanas entre las malas enredaderas»: una sociedad más vertebrada, más abierta, más distribuida. Es este enfoque que lleva a David a afirmar que «los musulmanes no son el enemigo, sino el objetivo a ganar» y que «identificar islam con Al-Qaida es regalar de entrada el objeto de la batalla a nuestro enemigo». Sólo el mestizaje y la globalización de la democracia reticular permitirá, como dice Juan Urrutia en el epílogo, «defender la vida y no los principios».

Porque resulta que, en un mundo en que las tecnologías de comunicación posibilitan el swarming, la defensa de los principios, de los privilegios, del poder establecido, del status quo, de los monopolios… nos hace más frágiles. Y es interesante que tampoco la red de ciudades, de la cual habla Bruce Sterling en la cita que David incluye en el libro, que estudian los sociólogos de la globalización y que anteriormente barajaban también otros para quienes lo pequeño era hermoso, parece ser una estructura realmente adecuada para los nuevos tiempos, dada su fragilidad que puede ser aprovechada por el terrorismo en red. La red de ciudades, para muchos la máxima representación de la globalización, podría no ser más que un paso intermedio hacia una estructura aún más distribuida que Juan Urrutia esboza en el epílogo del libro en los siguientes y sugerentes términos:

La única manera de evitar la fragilidad de las redes es hacerlas igualitarias evitando o eliminando las redes aristocráticas. En estas redes igualitarias los enlaces se distribuyen más o menos igualitariamente entre los nodos y el poder se iguala entre los individuos. He aquí la venganza del feudalismo. Ésta consiste, precisamente, en hacer imposible el deseo moderno de conservar disfrazado el poder feudal mediante la creación de un neofeudalismo tecnológico y desterritorializado que, como feudalismo, da origen a numerosos centros de poder novedosos pero que, como tecnológico, hace imposible el ejercicio excesivo de ese poder para desesperación de los modernos recién llegados que creían poder adueñarse de al menos una parcela del mundo.

«Arriesgar la vida, esa es la cuestión»

En el marco de la asignatura «Conflictología» he preparado una reseña del libro «Conflictología. Curso de resolución de conflictos» de Eduard Vinyamata. Me parece largo para un post. Aun así, me apetece publicarlo puesto que incluye muchas referencias a la Indianopedia y a las lecturas del Itinerario.

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Nuevo sitio, nuevo tema

Me toca rectificar lo que dije sobre la cabecera de mi blog en la entrada anterior. El cambio de la foto de cabecera era sólo el inicio de una ola de cambios por la que me he dejado llevar con el objetivo de poder quitar los anuncios de Google y poner feevy en el blog. Fue de la mano de José que ofreció su hosting y me ayudó a instalar WordPress para servidor.

Con el traslado del contenido y la necesidad de configurar el blog de nuevo, vino la tentación del cambio de tema. He aquí el resultado de poner «big» en el buscador de temas de WordPress. La letra grande me tenía seducida. Aún no tengo claro si ésta es o no una exageración.

Imprevisible, pequeña, azarosa, diversa, liberadora, resiliente. La enredadera.

Después del día de la fides con sus ramos de perejil como símbolo de la resiliencia y una excursión al monasterio cisterciense de Huerta, los indianos celebran hoy el comienzo de su noveno año. Aprovecho las fotos que hizo María en Huerta para renovar la cabecera de mi blog con una enredadera, metáfora que me parece aún más poderosa después de leer los relatos hermosamente enlazados de Como una enredadera y no como un árbol.

Me voy a dar el gusto de recorrer de nuevo los mitos de la historia de Internet que los ciberpunk elaboraron en 2003 en este libro colaborativo. Y lo haré siguiendo la metáfora de la enredadera que vertebra el libro.

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La lógica de la abundancia y la conflictología

En una de las asignaturas que he elegido este cuatrimestre, Conflictología, las actividades giran en torno al libro de Eduard Vinyamata con el mismo título. En el prólogo leo que la disciplina llamada conflictología tiene sus inicios en los años setenta en EEUU, fue motivada por las tensiones debidas a la Guerra fría y, en sus orígenes, bebe de fundamentos espirituales desarrollados por los cuáqueros. El autor describe una de las piedras angulares de la disciplina en los siguientes términos:

Normalmente, se tiene el convencimiento de que toda disputa siempre se resuelve a favor de una de las partes en perjuicio de la otra. Resulta extraordinariamente difícil concebir resultados en que ambas partes del litigio puedan resultar plenamente satisfechas. De hecho, esta es una de las principales dificultades que habrá que superar para poder solucionar conflictos. (…) Si las partes en conflicto, todas ellas, no resultan plena y simultáneamente satisfechas, no podremos decir que el conflicto ha finalizado, este se planteará de nuevo en cuanto encuentre ocasión más propicia.

Si sigo leyendo (que, sin duda, haré), ¿me encontraré con algo parecido a la lógica de la abundancia? ¿Será posible fuera de los espacios digitales? Estaré atenta al respecto.

En todo caso, el autor afirma que los sistemas tradicionales de resolución de conflictos, como las normas y las leyes, la negociación coercitiva y las técnicas psicológicas orientadas a la resignación, sólo prorrogan o reprimen, pero no solucionan los conflictos. Con este panorama no es de extrañar, pues, que se sigan buscando Zonas Temporalmente Autónomas.

El empuje del hacker, en la base de las redes distribuidas

Después de leer Días verdes en Brunei de Bruce Sterling, Mundo Espejo de William Gibson y ver los vídeos sobre la historia del software libre y el papel de Otpor! en derrotar a Milosevic, empiezo a ver la ética hacker por todas partes. Se me viene a la mente cuando Juan Urrutia pide empuje en lugar de liderazgo, cuando David piensa sobre las bases conceptuales de un software que apoye los procesos deliberativos y cuando veo a un amigo funcionario extrañarse de que no haya entusiasmo por la huelga general.

Así predispuesta, cuando llego a La ética del hacker y el espíritu de la era de la información de Pekka Himanen, de repente tengo claro que la cultura del hacker, o del bricoleur, es el sustrato mismo del que pueden surgir las redes distribuidas. Porque, como dijo David hace ya bastantes años, la tecnología no conduce necesariamente a ningún lugar. Son las personas. No el estado, ni las empresas. La ética hacker nos recuerda una y otra vez que la unidad básica de cualquier cambio social real son las personas con voluntad propia.

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Ya no basta con encajar en el papel

Leo en El capitalismo que viene que la globalización pone en juego la institución sindical haciendo que sus finalidades y objetivos alcanzables no queden nada claros. Añade Juan Urrutia que la épica sindical de lucha de clases está dando paso a una épica antiglobalista, su ética de solidaridad a otra ética «menos de clase y más de identidad» (nacional, de género u otras identidades imaginadas como la humanidad) y pienso lo bien que se ve todo esto en un reciente manifiesto para sumarse a la huelga general del 29 de septiembre de 2010.

El manifiesto, buen ejemplo de varias de las ideologías de la descomposición, es un texto tan decimonónico como lo es también el Estatuto de los trabajadores.

Entre los papeles residuales que en el nuevo escenario de producción les queda a los sindicatos, los del manifiesto asumen competencias más bien oenegistas. Del otro papel que menciona Juan Urrutia en su libro, el de velar por el buen funcionamiento del modo de producción preocupándose de la verdadera competencia y del buen gobierno de las empresas, no veo rastro. Pero seguiré buscando.

Ayer me apunté estas frases de Mundo espejo:

Este negocio nuestro se está haciendo más pequeño. Como muchos otros. Va a haber menos jugadores. Ya no basta simplemente con encajar en el papel y cultivar una actitud.

En lugar de encajar en el papel, toca la responsabilidad individual y en lugar del cultivo de una actitud, la interacción.

Entre crumble y mutabal

Tengo la sensación de avanzar en el itinerario a paso más bien lento. Mi lector de feeds recoge cada día de más fuentes, las conversaciones indianas me resultan irresistibles y me cuesta no perderme entre los tallitos de la enredadera. Además, también me gusta entregarme a placeres tales como preparar crumble o mutabal que ya a la primera salen riquísimos. Afortunadamente tengo como referencia a Iván que está aquí pese a no haberse apresurado.

Estos días, cada vez que leo un capítulo de El capitalismo que viene, me pillo maravillada por lo bien que explica en él la economía Juan Urrutia. La disipación de rentas como consecuencia, y la competencia perfecta como estación final del netweaving, resultan conceptos utilísimos para pensar sobre el sistema económico. Me pregunto hasta qué punto se asemejan a la segunda ley de la termodinámica y si tiene sentido buscar este tipo de semejanzas entre lo físico y lo social.

Después de haber participado el año pasado en lo que era un intento torpe de diseñar una llamada «red social», me encanta encontrarme con el verdadero motivo del fallo de generar valor tanto de las empresas de la «crisis puntocom» como de muchas «redes sociales» de hoy: no poder explotar las ventajas de la reducción de los costes de transacción por servir a una clientela cuya confianza no han ganado, porque ésta no está constituida en una red identitaria. Una pena que a lo largo la asignatura «Comunidades virtuales», que cursé el pasado semestre en la UOC, no hayamos diferenciado comunidad imaginada de comunidad real (mejor dicho, dábamos prácticamente por hecho que la segunda ya no existía) o adhesión de participación y de interacción, conceptos claves para pensar sobre «redes sociales».

Es ahora también, y no en las asignaturas básicas del Master de Sociedad de la Información y del Conocimiento, que empiezo a entender realmente el fenómeno del software libre. Aunque, para ser justa con el Master, voy a añadir que el impulsor  de que todos los estudiantes tengamos blog fue de uno de los consultores defensor del software libre. Pero el concepto de libertad detrás del software libre no lo tenía nada claro. Al buscar un buen CMS para la empresa en la que trabajaba, veía que los consultores de software libre eran más caros que las empresas que vendían su propio CMS privativo y me decanté por las segundas. Sólo después me di cuenta de que, para cualquier modificación o nuevo desarrollo, dependía de esa única empresa y que había renunciado a la diversidad y a la libertad de poder elegir y cambiar. En plena postmodernidad, elegí formar parte de una cadena propia de la modernidad.

Y los resultados de aquella aventura me enseñaron claramente que los tiempos modernos terminaron. Es hora de afrontar la realidad sin miedos viejos, con lógica nueva.