Garum: mercados transnacionales para la globalización de los pequeños

En un mundo donde lo nacional no llega y lo internacional no funciona, cuyas libertades han de ser garantizadas y su economía desarrollada, el mito del Garum es un hermoso relato que nos muestra que el mercado, más allá del lugar donde se produce la compraventa, es, ante todo, un espacio de cohesión social. No nacional, ni internacional, sino transnacional.

De ahí lo acertado del objetivo de Garum Fundatio de «conseguir que toda aquella persona que quiera asumir los riesgos de creación de una empresa, con un proyecto plausible, tenga acceso a las herramientas y financiación para llevarlo a la práctica». El presidente de Garum Fundatio sabe que el juez que decide si un proyecto es plausible o no es el mercado, de modo que su primer proyecto es Bazar, una herramienta de software libre para generar mercados. Mercados transnacionales para la globalización de los pequeños, cuya gran oportunidad para acceder a espacios de abundancia y, por consiguiente, de libertad, está ligada a la estructura que ofrece una Red neutral y distribuida.

McNulty, intraemprendedor social

Antes de viajar al II Encuentro eurolatinoamericano de emprendedores sociales juveniles, me preguntaba si al emprendedor hay que añadirle el adjetivo social por la misma razón que los indianos añaden el adjetivo real a las palabras identidad y comunidad. Si llamar la identidad real tiene sentido para diferenciarlo de la identidad imaginada, llamar al emprendedor social, me dije, cobraría sentido al querer diferenciarlo del emprendedor o inversor especulador cuyo interés es vender su empresa y multiplicar su inversión. Así, el emprendedor social sería una persona muy parecida al emprendedor artesano lo cual ofrecería una base común desde donde empezar a conversar.

La primera señal de que esto no era así fue que el encuentro, en realidad, no era de emprendedores. Los asistentes y ponentes con los que he coincidido eran funcionarios públicos y empleados de cámaras o de oenegés, todos promoviendo y premiando el emprendizaje no sólo social sino ahora también juvenil, pero nadie que haya fundado una empresa en su vida.

Uno de los ponentes dio una buen resumen de toda la teoría que se ha hecho hasta el momento en emprendizaje social. Diferenciaba entre tres tipos de persona emprendedora: la que trabaja para otros aportando innovación (el intraemprendedor), la persona que emprende con otros (el emprendedor) y la persona que emprende para otros (el emprendedor social). En el caso del intraemprendedor también cabía el adjetivo social si éste trabajaba en una oenegé o para el estado.

Las conversaciones durante las comidas y los paseos, si bien agradables, no hicieron más que confirmarme que el emprendedor social, tal como lo entendían en ese evento, tiene ese cariz oenegista de ayudar a otros que son pobres y no pueden hacerse cargo de su vida mientras que él sí puede (hacerse cargo de las vidas de otros). Y este enfoque universalista, esté basada en la visión cristiana del mundo o en el nacionalismo, no es precisamente el que va a permitir que el emprendedor social se mantenga al margen de las lealtades y jerarquías sociales del poder. En la mayoría de los casos, sus lealtades le situarán en el lado del poder, no le importará mantener el status quo y, si para conseguir una subvención tiene que ponerse el adjetivo juvenil, se lo pone.

Finalmente, supimos que un estudio de Ashoka había descubierto que los emprendedores sociales, al trabajar tanto para otros, suelen tener problemas familiares y vidas privadas desastrosas. A los que hayamos visto las cinco temporadas de The Wire, esto nos permite identificar a McNulty como el intraemprendedor social por excelencia.

Vuelta a las ZTA

Zonas Temporalmente Autónomas es una fuente a la que es inevitable volver una y otra vez a lo largo del itinerario. La distinción que se hace entre revolución y revuelta me pareció una de las ideas más sugerentes del texto y que recordé al ver el documental Autonomía Obrera. Ahora, al detenerme en la página de la Indianopedia sobre la comunidad real, me fijo en que, en la península del siglo XVI, comunidad era sinónimo de revuelta en un contexto que evoca el mito de Croatán. Si las ZTA son espacios de relación social no mediada por la coerción, las comunidades reales sin duda, lo son también.

«L’État, c’est moi»

Si en los muchos eventos internacionales en los que he participado en los últimos siete años afronté las conversaciones tipo enmipaís-entupaís con resignación, en el último no he podido más que fijarme en lo absurdo de las comunidades imaginadas cuando aparecen formuladas en frases. Después de escuchar de los ponentes frases como «mi país es machista», «tenemos nueve volcanes» y «x por ciento logramos ingresar en la universidad», de qué extrañarse cuando las preguntas del público ya no van dirigidas a las personas sino… a estados-nación, claro. «Tengo una pregunta para Paraguay».

Filés: nuestro verdadero tamaño

Muchos discursos y análisis sobre la globalización y la sociedad de la información presentan el mundo como una gran red interconectada. La palabra red, junto a la de comunidad hace tiempo que se convirtieron en el nuevo mantra que lo explica todo. Uno puede hacer un master en sociedad de la información sin enterarse de que lo realmente novedoso de Internet no es su mera forma de red sino la topología concreta de red en la que se basa su estructura y las propiedades sociales que ésta hace emerger. En cuanto a la palabra comunidad, los masteres oficiales del mundo de las comunidades imaginadas simplemente no son el espacio donde reflexionar sobre qué es una comunidad.

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Escala humana vs aritmética de hormigas

Releyendo Los futuros que vienen, los párrafos sobre la escala humana me han recordado las hormigas de La era del diamante.

Dice David en Los futuros:

Parece comprobado por la Neurología y sustentado por la evidencia histórica que tenemos una limitación física, un techo fisiológico que no nos permite procesar más que un cierto número de relaciones interpersonales. Somos físicamente incapaces de relacionarnos en un espacio de fraternidad de más de ciento cincuenta personas. A partir de ahí nuestro cerebro salta, cambia de objeto y de manera de pensar simplemente porque es incapaz de manejar tanta información.

En La era leemos:

En la aritmética de las hormigas sólo hay dos números: Cero, que significa cualquier cosa por debajo de un millón, y Algunos.

Para, unas páginas más adelante, encontrarnos con esta exclamación de la Reina de las hormigas:

—¡Muévete con energía, pulmonado! ¡El tiempo es comida! No te preocupes por las hormigas bajo tus patas, no es posible que mates más de cero. —Así que desde ese momento, caminé con normalidad, aunque las patas se me volvieron resbaladizas con tanta hormiga aplastada.

Quizá no es demasiado atrevido sugerir que, fuera de la comunidad real, el cerebro salta a Ceros y Algunos y esto explicaría, al menos en parte, algunos comportamientos que, aunque son de humanos, parecen más propias de hormigas.

Lo grotesco de un mundo sin innovación

Ordenando mis cosas, llego a uno de los microcuentos de István Örkény, creo que el único que es posible encontrar en la web traducido al español. Su protagonista, de cuatro años, me recuerda la protagonista de La era del diamante, pues ambas niñas muestran que conocimiento y contexto son inseparables. Aquí va el cuento.

La niña sólo tenía cuatro años, sus recuerdos, probablemente, ya se habían desvanecido y su madre, para concienciarle del cambio que les esperaría, la llevó a la cerca de alambre de espino; desde allí, de lejos, le enseñó el tren.
—¿No estás contenta? Ese tren nos llevará a casa.
—Y entonces ¿qué pasará?
—Entonces ya estaremos en casa.
—¿Qué significa estar en casa?— preguntó la niña.
—El lugar donde vivíamos antes.
—¿Y qué hay allí?
—¿Te acuerdas todavía de tu osito? Quizás encontremos también tus muñecas.
—Mamá, ¿en casa también hay centinelas?
—No, allí no hay.
—Entonces, de allí ¿se podrá escapar?

Del sistema interjaula, del mundo del espíritu nacional, del rompecabezas de piezas planas, si se destila, lo que queda, es grotesco.

De lo reciente a lo relevante, del cómo al quién

No faltan ejemplos que muestren con claridad que las arquitecturas informacionales (el cómo) siempre sustentan una estructura de poder (el quién). Para comprender conceptos como la neutralidad de la red o entender fenómenos como Wikileaks, lo mejor es partir del cómo para descubrir el quién. Douglas Rushkoff, en su nuevo libro Program or be programmed llama a las herramientas digitales «sistemas con intenciones» para avisar de que «si no sabemos cómo funcionan, no sabremos qué persiguen».

Por otro lado, cuando lo que se quiere es construir, hay que partir de un quién para elegir el cómo. Cuando en 2009 me hice una cuenta en Twitter, mi punto de partida era que esa herramienta me tenía que servir a mí en mi camino de comprender cómo funcionaba «la sociedad del conocimiento».

Hasta 2008, aparte del email que usaba en mi trabajo y para mantener contacto con las personas que eran importantes para mí, veía a Internet principalmente como ese gran centro comercial donde comprar libros, billetes de avión o habitaciones de hotel, propio más bien de la burbuja puntocom. Cuando a partir de 2004 se extendió en Hungría el uso de iwiw (Internet Who is Who), tardé poco en borrar mi perfil al darme cuenta de que perdía el control sobre mi identidad y la forma en que me gustaba relacionarme. Mi propio comportamiento de mirar perfiles de personas con las que no tenía ni quería tener relación real me sugería que muchos otros usuarios estaban haciendo lo mismo. Y no me parecía que eso fuera bueno.

Cuando en 2009 —a raíz de una asignatura en la UOC, la mejor con diferencia— empecé a leer blogs y creé uno propio, rápidamente llegué a la conclusión de que tener una cuenta en Twitter era algo cuasi obligatorio en la <a “web 2.0”. Al fin y al cabo, ahora se trataba de una web social en la que uno no sólo recibía sino también interactuaba. Otro de los sitios obligados de esa web social —Facebook— no me atraía nada, pero Twitter parecía un juego que merecía la pena probar.

Durante los ocho meses en Twitter, lo único realmente útil que encontré fueron algunos enlaces y nuevos blogs, ergo, Twitter me funcionó como otro lector de feeds en el cual, si buscaba mucho, a veces encontraba algo que merecía la pena. Por tanto, Twitter, para serme útil, requería un blog que estuviera detrás pero entonces ¿por qué no suscribirme directamente a los feeds del blog?

Otra de las palabras mágicas asociadas a Twitter era «networking». A este respecto me ha aportado bien poco aunque cabría preguntarse qué se entiende en realidad bajo este término en Twitter. Las que se convirtieron en mis followers y following eran personas que no conocía personalmente y, ahora con el uso de Twitter, seguía sin conocerlas. No he probado Twitter con personas a las que conociera, pero lo más diferenciador de Twitter, la limitación de los mensajes a 140 caracteres, ¿no resultaría más bien molesto con personas con las que quisiera interactuar? ¿Por qué, si no, esta limitación es lo primero que se elimina cuando educadores plantean una herramienta parecida?

Sí he encontrado una cosa que con Twitter es más fácil de conseguir que con un blog ya sea usándolo para «networking» ya sea como canal de comunicación —generalmente unidireccional— por parte de empresas: hacer ruido sin decir nada sustancial. Fue eso de lo que me acordé cuando leí en el libro de Rushkoff que para florecer en la Red había que decir la verdad pero que eso implicaba «tener una verdad que decir».

Todo apuntaba, pues, a que Twitter era otra de esas herramientas azucaradas que ayudan —en este caso mediante la sustitución de la interacción por la velocidad, de lo relevante por lo reciente— a no pararse a pensar qué sentido tiene lo que hacemos. En función de qué intereses hacemos lo que hacemos. Como la famosa pregunta de los «objetivos del proyecto» en las solicitudes de subvenciones, que se acaban respondiendo con palabras vacías porque el sujeto del proyecto no es real, es imaginado. En el caso de Twitter, esto se agrava con una infraestructura centralizada que acaba sirviendo a los que les interesa la centralización ya sea para censurar, ya sea para controlar a otros.

Medido, Twitter me ha resultado demasiado ligero y banal. Si quiere pasar de lo reciente a lo relevante, del cómo al quién, la persona que llega a la Red en la segunda mitad de la década, redescubre los blogs.