
Las líneas entrelazadas de la col lombarda cortada por la mitad inevitablemente llaman la atención. Las hortalizas lilas me tienen capturada y ésta queda muy rica con manzana.

Las líneas entrelazadas de la col lombarda cortada por la mitad inevitablemente llaman la atención. Las hortalizas lilas me tienen capturada y ésta queda muy rica con manzana.

Cuando me encontré por primera vez con los enfoques ágiles en desarrollo de software y gestión de empresas, pensé que sería algo de los últimos 2-3 años. Hasta que el otro día vi que el Manifiesto por el Desarrollo Ágil de Software, el «Agile Manifesto», lo formularon en 2001. Una confirmación de que el cambio del mundo ordenado al mundo complejo es harto difícil. Y que toca aprender artes marciales aunque cueste muchos años de práctica.
Una de las características ampliamente reconocidas y comentadas del actual entorno socioeconómico —la sociedad red— es el cambio perpetuo. La capacidad de adaptación al cambio de las personas y las organizaciones se está convirtiendo en lo primero que hemos de aprender si queremos tener la posibilidad de, luego, seguir aprendiendo aun más cosas. Puesto en términos de la evolución, si queremos sobrevivir.
La importancia de la colaboración como estrategia en ese proceso de adaptación se está estudiando desde una diversidad de ámbitos. Hace poco, en uno de los capítulos de Brain Rules, me encontré con una mirada al tema desde la paleoantropología.
La hipótesis es que grupos de humanos empezaron a migrar desde África hace unos 100.000 años (por cierto, no hace tanto) como resultado de los cambios continuos en el clima. Esos cambios eran perceptibles en el transcurso de pocas generaciones o incluso en la vida de la misma persona. Es decir, sucedieron a un ritmo ni demasiado rápido (que habría sido mortal) ni demasiado lento (igualmente mortal pero a modo de la rana en la olla).
Ante cambios que obligaron a hombres nacidos bajo el sol de la sabana a criar a sus descendientes entre la nieve, la estrategia ganadora fue, en lugar de adaptarse a un hábitat determinado, moverse y adaptarse a una gran variedad de hábitats. A modo de «venga lo que venga, nos pillará preparados». Es lo que el paleoantropólogo Richard Potts llamó selección a base de variabilidad y que podemos considerar una aportación a la teoría de la evolución.
Inconsistency in selection eventually caused habitat-specific adaptations to be replaced by structures and behaviors responsive to complex environmental change.
Según cuenta el autor de Brain Rules, de la mano de esta aceptación de la inestabilidad y adaptación al cambio mismo, vino el desarrollo del razonamiento simbólico y, en general, de nuevos niveles de cognición. Sería esto que permitiría que los humanos adivinasen e influyesen en lo que pensaba y sentía el otro y, como resultado, colaborasen en la consecución de proyectos que uno solo no era capaz de realizar.

A partir de ese momento, toda la historia de la especie humana puede verse como una historia de las distintas maneras de colaborar de los humanos, con distintos resultados.
Cuento esto porque la analogía con los tiempos actuales es evidente y da para una bonita metáfora. De nuevo se perciben cambios en el entorno que requieren adaptarse a algo que no se puede predecir. La estrategia con más sentido es adaptarse al cambio mismo. Y esta adaptación pasa, de nuevo, por el aumento de la capacidad de comunicación, colaboración y generación de conocimiento. Estamos, de nuevo, en tiempos de migración y movimiento intensivos.
Erasmo sólo puede defenderse a la manera de esos animalitos que, al estar en peligro, se fingen muertos o cambian de color; pero, lo que prefiere, en caso de tumulto, es retirarse a su concha de caracol, a su cuarto de trabajo: sólo detrás del muro de sus libros se siente íntimamente seguro.
Dada la tecnología puntera de su época, quizá sería más apropiado inventar una palabra y llamarle liborg. Y como tal, defenderse no se le dio nada mal, he de decir, tras leer su biografía desde la mirada de Zweig.
Transcurrieron pocas horas entre que leí el último artículo de John Kay sobre la decisión equivocada del gobierno británico respecto al exterminio selectivo de tejones, y recibí un mail con el asunto «CONTRA LA CRISIS, CONSUME PRODUCTOS ESPAÑOLES» (así, en mayúsculas). En el email, que viene sin firmar, alguien afirma lo siguiente.
Es la mejor forma de mantener la pequeña y mediana empresa de nuestro pais, que es la que soporta más del 80% del empleo. Los miles de millones que genera esta decisión quedarán en todo el tejido productivo y además generarán impuestos y sueldos que permanecerán aquí.
Los ganaderos celebran el exterminio de los tejones enfermos porque esperan que así, la enfermedad no pase al ganado. Lo que no saben es que un informe encargado por en gobierno sobre el asunto, llegó a la conclusión de que la política del exterminio selectivo sería contraproducente. Resulta que al matar los especímenes enfermos, el resto de la comunidad tejonera se dispersa, instalándose en territorios nuevos e infectando ganado que antes estaba a salvo. El gobierno no tuvo en cuenta esa conclusión porque le resultó más importante tener contentos a los ganaderos. Lo están. De momento.
Pensar que consumir productos españoles es la mejor forma de salvar a las pymes, adolece del mismo carácter cortoplacista que la matanza organizada de tejones. Es desconocer que en una economía global, el comercio tiende a igualarse a la larga, y lo que una pyme ingresa de más por la bajada de la importación, otra pyme lo dejará de ingresar por la bajada de la exportación.
Recuerda, algo tan sencillo como mirar las etiquetas en la compra, comprar un coche fabricado en España, no salir al extranjero durante los dos próximos años,… a lo mejor mantiene tu empleo, el de tus hijos, familiares, amigos…el de todos.
A lo mejor mantiene tu empleo. Pero, a lo mejor, justo te lo quita. O elimina el de tus hijos. Porque las cosas no son tan simples. Es humano pensar que lo que observamos es todo lo que hay, y si pierdo clientela porque uno de fuera es más competitivo, lo que tengo que hacer es eliminar el de fuera. Es humano equivocarse. Pero sólo sirve si aprendemos del error.
Porque sabemos que las cosas no son tan simples. Y que lo que funciona en una economía inevitablemente global no es retroceder sino avanzar con la globalización con una oferta mejor, más diferenciada y más innovadora. No el «consume español» sino el sencillo «produce», así, sin nacionalidad pero a base del conocimiento.
Podemos estudiar los coches y su física y saber con exactitud cómo funcionan. En ningún caso esto nos prepara para comprender el tráfico. Hasta podemos adquirir habilidades para navegar por el tráfico –algo muy distinto del funcionamiento de un coche– y seguir sin habilidades de un ingeniero de tráfico. El conocimiento de las partes no lleva inevitablemente a la comprensión del todo.
—John Kay, citando a Michael Gazzaniga
Hace poco comenté los recuerdos que me traía la decisión de Sebastian Thrun de dejar Stanford para fundar una empresa e impartir cursos masivos y gratuitos en la Red sobre computación. Hoy he leído que su modelo de negocio es vender los datos sobre el desempeño de los estudiantes a empresas en busca de talento. Si esto resulta cierto tendremos, por fin, una manera transparente de monetizar datos de usuarios que, además, articula un sistema de incentivos más que interesante para las tres partes (Udacity, estudiantes, empresas). Transparente porque el reto de Udacity no es otra que construir confianza por los dos lados convirtiéndose así en un Proxy de Dunbar.

Mientras la fotografía siga siendo una asignatura pendiente en mi vida, me temo que no perderé ocasión de postear las fotos que han hecho otros. En esta ocasión, fue Isabel quien capturó un momento especial lleno de simpatía.
Disfruto mucho con los posts de ribbonfarm. Aunque su longitud (que tiene dos medidas: largo o muy largo) echa para atrás, nunca me he arrepentido de leerlos. Leyendo sus reflexiones sobre historia tecnológica, uno se entera de cosas como que antes de la revolución industrial, se usaba jugo de cebolla para fabricar acero.
Ahora he descubierto –vía LAK12– que escribe, como contributor, en Forbes. Allí, sus dos últimos posts (1 y 2) son sobre la industria de los datos, a raíz del evento Strata.
En la era en que la vida privada se está convirtiendo en producto, es interesante comprender la lógica y los modelos de negocio (prácticamente sólo aplicables por organizaciones grandes, potentes y, a pesar de ello, innovadores) subyacentes de este proceso.
Pero lo que quería traer aquí es su mirada de antropólogo a los participantes de este tipo de eventos. Sus categorías ayudan a tomar con humor el –por lo demás siempre difícil o muy difícil– cambio en cualquier ámbito. En el país de los datos, donde lo que antes era análisis ahora es analítica y lo que era inteligencia de negocio ahora es big data, hay, según él, un sorprendente acuerdo tácito de que todos, absolutamente todos, son «científicos de datos» y que no hacen falta más títulos.
Y ahora, sus categorías (y que nadie se ofenda, por qué no tomárselo con humor).
- Los resentidos que se sienten marginados por la nueva tendencia.
- Los largamente ignorados que, de repente, se han convertido en estrellas y parpadean ante el foco de atención.
- Los que se sienten subestimados e impotentes.
- Los que no se pueden creer el poder que tienen de repente.
- Los que en su fuero interno se consideran falsos y hacia fuera se sienten o alegres o avergonzados.
- Listillos en proceso de cambiar el título que tuvieron en el último hype por uno del nuevo que le parezca.
- Los enfadados porque otras personas se quedan con el crédito de sus vinos por ponerlo en botellas nuevas.
- Mayores que insisten en que nada ha cambiado (entiéndase: «de modo que sigo siendo un experto»)
- Jóvenes que insisten en que todo ha cambiado (entiéndase: «los viejos no se enteran: contrátame a mí mejor»)
- Los fascinados por todo lo que es nuevo y brilla, entiéndanlo o no.
- Los hastiados que están de viaje pagado.
- Los megasociales para quienes todo es una gran fiesta.

¿Han esperado alguna vez tres meses por un producto del que pagaron el precio y el transporte, para enterarse, cuando por fin llega, que les toca pagar aduanas para recibirlo? Por lo que se ve en la web, es un conocimiento bastante común. A mí es la primera vez que me pasa. Por supuesto, no me sorprende que haya derechos arancelarios (si bien no soy partidaria, puesto que las barreras comerciales siempre provocan más daños que beneficios). Lo que me sorprende son las proporciones.
Según leo aquí, tan sólo están exentos de estos «derechos», las cosas que valen menos de 22 euros. De 22 hasta 150 euros uno ha de pagar el IVA (que en mi caso calcularon sobre el importe en dólares como si el lugar de origen del paquete no supusiera suficiente pista respecto a la moneda) y unos gastos administrativos de 13,50 euros (más IVA, claro). Por una compra de 60 euros salieron así 30 euros en concepto de «derechos». ¿No es esto una considerable barrera de entrada y un abuso?
Agravante: lo que llevo leído en blogs y foros sobre la gestión aduanera me hace pensar que, las dos anteriores veces que me enviaron el paquete por correo normal (que por eso ha tardado tres meses), éste debe de haber sido parado en alguna oficina aduanera quién sabe dónde. ¿Lo tramitarán alguna vez?
Estoy dando vueltas a la idea de predecir el futuro. No soy ni de lejos la única. Predecir el futuro reduce el miedo ante la incertidumbre y es un gran negocio que está empujando la innovación del minado y la analítica de datos. Algo aplicable a una variedad de ámbitos.
Uno de los problemas bastante evidentes de las predicciones es que los datos que se usan para minar, analizar y predecir, son del pasado. Facebook y Google están al frente del aprovechamiento del pasado para personalizar la experiencia del usuario. Les pisan los talones miríadas de nuevas start-ups de analítica. Pero ojo. Esa personalización tiene un efecto secundario que merece ser examinado con cuidado.
En el ámbito de la educación, Ainhoa Ezeiza comentaba el otro día, refiriéndose al pensamiento de Vigotski, una cosa que me interesó.
(…) no se debe pensar que el futuro del alumno es una continuidad de lo que es, aunque es esto lo que presuponen la mayoría de los sistemas de evaluación. Es por eso que no es suficiente diagnosticar lo que los alumnos/as saben ahora, además es imprescindible estudiar qué es capaz de aprender con ayuda adulta/experta. Por lo tanto, la evaluación debe estar orientada al futuro, y no al presente, que es lo habitual. No es importante qué soy, sino qué puedo llegar a ser si me ayudan.
Personalmente me viene una cita de Nietzsche que dice que el futuro influye tanto en el presente que el pasado.
Die Zukunft beeinflusst die Gegenwart genauso wie die Vergangenheit.
Basarnos en el pasado para tomar decisiones es una solución muy muy seductora si estamos acampados a la sombra del Big Data. Pero tiene limitaciones y son serias. Lo comentaba el otro día en un post basándome en un trabajo de Danah Boyd y Kate Crawford.
Hoy me he encontrado con dos situaciones en las que creo que hay riesgo de darle al pasado un papel predominante en la toma de decisiones, con su consiguiente efecto empobrecedor.
Además de Vigotski y Nietzsche, hay evidencias nuevas de que la manera de pensar en nuestro «yo» futuro, influye en decisiones importantes que tomamos en el presente, desde si contratar un seguro de pensiones hasta si realizar o no un acto poco ético.
Tenemos la oportunidad de construir ese «yo» futuro cada uno, cada día, ganándonos unos jeans gastados. El entorno, por supuesto, influye, y mucho, en ello. Creo que cuanto más nos tratan a base del pasado, más difícil será que tengamos una relación vivificante con el futuro y no tengamos que conformarnos con unos jeans que vienen ya gastados de fábrica. No es lo mismo.