Estar en el lugar adecuado

Los grandes centros de aprendizaje y comercio siempre han actuado como imanes en las personas con ambición que querían dejar su huella en la cultura. Desde la Edad Media, maestros artesanos viajaban por toda Europa para construir catedrales y palacios, atraídos por la riqueza de una ciudad y luego otra. Albañiles milaneses construían fortalezas para los Caballeros Teutones en Polonia; arquitectos y pintores de Venecia fueron a decorar la corte de los zares en Rusia. Incluso Leonardo da Vinci, ese dechado de creatividad, estuvo al servicio del duque, papa o rey que mejor podía financiar sus sueños.

El lugar donde uno vive es importante por tres razones. Primero porque uno necesita acceso al dominio en el que se quiere desarrollar. La información no está uniformemente distribuida sino se encuentra agrupado alrededor de diferentes nodos geográficos. En el pasado, uno iba a Göttingen para estudiar determinadas ramas de la física, y a Cambridge o a Heidelberg para otras. Incluso con los medios electrónicos actuales para intercambiar información, Nueva York sigue siendo el mejor sitio para un artista que quiere saber qué ocurre en el mundo del arte y de qué hablan otros artistas. […]

La segunda razón por que el lugar influye en la creatividad es que los estímulos novedosos tampoco están uniformemente distribuidos. Determinados ambientes tienen una densidad mayor de interacción y proporcionan mayores estímulos y efervescencia de ideas; dan lugar a que la persona con inclinación de abandonar las convenciones y experimentar con cosas nuevas, lo haga antes que en un ambiente más conservador y represivo. […]

La tercera razón es que el acceso al contexto, es decir, al contacto con las personas de quienes aprender, tampoco está uniformemente distribuido geográficamente. Los lugares que más facilitan la realización de ideas nuevas no necesariamente son los mismos que más información y estímulos ofrecen.

(Mihaly Csikszentmihalyi)

Mirando las tres razones, quedan pocas dudas de que Internet, por su estructura distribuida, puede cambiar las reglas del juego de la creatividad en más de un aspecto. Sin que viajar se haya vuelto obsoleto, que no es así, se puede decir que con el uso adecuado de las herramientas de Internet, el desarrollo de la creatividad está al alcance de todo aquel que tenga sus necesidades básicas cubiertas y acceso a una Red neutra.

Notar la diferencia

De joven, ansiaba ir fuera, leyendo a Hemingway, Fitzgerald y todo eso. Y cuando fui, me resultó extremadamente fascinante convertirme en una nueva persona, distanciarme de todo lo que me ataba, notar todo lo que era diferente. Ese «notar la diferencia» era muy importante. Los idiomas, aunque yo no era bueno con ellos, eran muy importantes. Cómo se decían las cosas que eran diferentes, las diferentes expresiones. Apasionante. La primera vez que fui al extranjero tenía veintiuno y empecé a escribir un diario, que sigo haciendo. Lo escribía sobre todo para no volverme loco. Porque había tantas cosas que entraban en mi cabeza. Si lo podía escribir, ya no tenía que preocuparme por ello. De modo que irme fuera fue muy importante también en este sentido.

Así es como recuerda el escritor Richard Stern su primera experiencia en el extranjero, contado por Csikszentmihalyi. Y me recordó tanto la sensación de fascinación y vértigo que tuve cuando yo salí fuera por primera vez, que lo he traducido y puesto aquí.

«No hay innovación y talento sin espacios de confianza»

Lo dijo ayer Jose María Gasalla en un simpático evento que organizó el equipo del blog HRLab. También dijo que no creía en la motivación, sólo en la automotivación, y que el poder en las organizaciones tenía que ser un poder distribuido.

No eran cosas que haya escuchado por primera vez pero sí me parece significativo que lo diga una persona que lleva acumulando conocimientos sobre el mundo de las empresas, en especial el mundo de la banca, desde hace 40 años. Que su mensaje principal sea que el papel más importante de los directivos es crear espacios de confianza. Y que el mensaje principal del otro ponente, Nacho Mazo, fuera que «había que conseguir que las cosas ocurrieran». ¡Vaya panorama!

En un evento de gestión y dirección de personas, ¿cómo no hablar de despidos y desempleo? En este sentido, la dirección concreta a la que apuntó Gasalla fue Brasil. Él desarrolla gran parte de su actividad allí, ve una tremenda demanda de profesionales y piensa que el tirón durará, al menos, 4-5 años.

La parte networking del evento estuvo bien planteada si bien escasa de tiempo y espacio físico. Eso sí, ¡ofreció una experiencia de vino que repetiremos seguro!

Confianza mutua

Más movilidad laboral es beneficioso para cualquier economía pero sobre todo es beneficioso para las personas y las organizaciones. Las primeras acceden a nuevos entornos para aprender y trabajar –dos actividades inseparables entre sí– mientras que las organizaciones pueden crear entornos más innovadores y creativos gracias a la incorporación de nuevas ideas y hábitos sociales a su comunidad.

Se sabe desde hace mucho que la regulación restrictiva de las profesiones tiene el mismo efecto sofocante en la movilidad de las personas que la discriminación a base de la nacionalidad.

Así comienza el libro verde sobre la modernización de la directiva europea de las cualificaciones profesionales. Al leerlo, uno tiene la sensación, bastante divertida, de que al moverse por Europa para buscarse la vida, las personas son, por un lado, «enviadas» por su estado de procedencia y, por otro lado, «recibidas» por estados de destino. El objetivo de los mecanismos que incluye esta directiva –la tarjeta profesional europea, los requisitos mínimos para ejercer una profesión, etc.– es crear confianza mutua. Pero como pretende crearlo desde el estado, sus propuestas parecen demasiado desconectadas de la realidad.

La confianza se genera a base de relaciones entre personas y comunidades concretas. Por eso, al llegar a un lugar nuevo, lo primero que uno hace no es ir a ver a las autoridades estatales para que le aseguren que tienen registrada su tarjeta profesional europea sino contacta con las personas y empresas que le pueden ayudar a encontrar trabajo para, a continuación, contarles y demostrarles lo que sabe hacer.

El coste de una plaza

Muchas instituciones que ofrecen oportunidades de prácticas en el extranjero, de las cuales las becas Erasmus y Leonardo da Vinci son las más conocidas, las ofrecen como «plazas». Anuncian, por ejemplo, «30 plazas de prácticas, 10 en Alemania, 10 en Francia y 10 en Polonia». A continuación, abren un proceso de inscripción, seleccionan a los participantes, les compran el pasaje, los envían en avión, les informan sobre su programa para la estancia, los inscriben en cursos de idiomas, los colocan en empresas, los traen de vuelta y les entregan un certificado que dice que «han realizado prácticas en Alemania».

La institución que ofrece la oportunidad Erasmus o Leonardo –un centro educativo, un ayuntamiento, etc.– a veces no sabe cómo gestionarla o no quiere hacerlo, de modo que contrata una empresa especializada que sí la sabe y quiere gestionar. Eso sí, sólo gestiona la parte que corresponde al «envío», como la selección de los participantes y la compra de los pasajes de avión. La otra parte, la de «acogida» la lleva una empresa, también especializada, que está en el lugar de destino y tiene acceso a «empresas de prácticas» y alojamientos.

Estas dos organizaciones, a veces llamadas intermediarias, toman la mayoría de las decisiones importantes: quién será seleccionado como participante, en qué lugar realizará las prácticas, en qué empresa lo hará, cuándo viajará, cómo viajará, qué tareas realizará, cuándo volverá. Intentan, por supuesto, ajustar estas decisiones a las necesidades de los participantes. Si no lo consiguen, no es porque no lo quieran o no se esfuercen, sino porque es muy difícil, si no imposible, personalizar los itinerarios si las posibles empresas de prácticas están limitadas a las que esa organización intermedia conoce. Del mismo modo, los alojamientos están limitados a los que tienen acuerdo con la organización intermedia. Las ciudades de destino, limitadas a las ofertadas dentro del proyecto. Los cursos de idiomas, también limitados.

Este tipo de limitaciones hace 20 años no las habríamos percibido como tales, porque sin la intermediación habría resultado demasiado difícil que nos aceptaran como aprendices en empresas extranjeras. Hace 20 años la intermediación abría oportunidades. Hoy en día, a menudo las limita. En los tiempos de Internet esa limitación, si estamos dispuestos a invertir esfuerzo en descubrir las cosas por nuestra cuenta, podemos considerarla innecesaria y superable.

Por supuesto, la ganancia en comodidad la sigue aportando el modelo de gestión con intermediación. Sin embargo, esta no siempre es mayor que las dos principales pérdidas que a menudo implica.

Según ese modelo de gestionar prácticas Erasmus y Leonardo, el que debería ser el principal interesado en el proceso de aprendizaje según las reglas del mundo en red, es decir, la persona que aprende, apenas toma decisiones y asume responsabilidades. Puesto que el que asume responsabilidades –el que hace las cosas– es el que más aprende, la primera pérdida es en aprendizaje. El participante aprende considerablemente menos de lo que podría aprender si tomara las riendas de la organización de su estancia y de su propio aprendizaje.

Los intereses de la organización a la que la persona pertenece –su centro educativo, su ayuntamiento, etc.– y de la empresa que la acoge en prácticas, supuestamente los otros grandes concernidos del proceso, quedan diluidos puesto que apenas hay relación entre las dos. La pérdida para ellos –la segunda pérdida, ya que lo hemos empezado a enumerar– es en creatividad e innovación organizacional que podrían obtener si fueran los gestores de las relaciones y las interacciones en el proyecto.

A las finales, las que más aprenden y más innovación ganan por el camino, son las organizaciones intermedias que se encargan de gestionar las prácticas Erasmus y Leonardo. Esto no es ninguna sorpresa: el que más cosas hace y más responsabilidad asume, obtiene más beneficios.

Finalmente, hay un tercer motivo por el cual quizá no merece la pena sacrificar la autonomía a cambio de la comodidad. Durante este tipo de estancias en el extranjero, los participantes, si no están de acuerdo con las decisiones sobre su estancia, sienten que lo único que pueden hacer es quejarse y pedir cambios. Y es cierto, es lo único que se puede hacer si renunciamos a ser el dueño y protagonista de nuestro proceso de aprendizaje. Los que son buenos negociadores, conseguirán cambios pero, de nuevo, ¿por qué no tomar las riendas desde el principio? No me digan que es por falta de herramientas y recursos.

Una solución de la organización de las prácticas en el extranjero que esté a la altura del siglo 21, pasa por que las personas y las instituciones asuman las tareas y responsabilidades que conlleva la organización y, a cambio, accedan al mando de control del aprendizaje itinerante. Como resultado, la persona aprenderá muchísimo más mientras que las instituciones ganarán en innovación y creatividad. La inversión económica generalmente será menor y se aprovechará en todo su potencial.

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El equilibrio entre desafíos y competencias

Como complemento del post del otro día sobre qué hace que disfrutemos con el trabajo, he retocado la imagen prestada de evalottchen para dejar sólo la gráfica que muestra el equilibrio entre desafíos y competencias. El resultado de este equilibro es el canal, distinto para cada persona, donde se produce el aprendizaje fluido, el trabajo realizado de buena gana. El canal del hacker.

El canal del aprendizaje fluido

¿Qué hace que disfrutemos aprendiendo y trabajando?

El mejor modo de aprender algo es el hacer. Por eso, en el ámbito de la publicidad y marketing nos interesa crear experiencias en lugar de transmitir mensajes mientras que en la educación llegaremos más lejos si creamos entornos y contextos para aprender haciendo en lugar de dar clases y cursos.

En los dos ámbitos queremos, además, que la persona disfrute con la experiencia. En caso contrario, sólo estaría dispuesta a embarcarse en ella si la obligamos o por incentivos externos, y hacer algo porque es obligatorio o por motivaciones externas no casa nada con la pasión, la creatividad y la iniciativa, los rasgos que hacen prosperar a las personas en el siglo 21.

Si preguntamos a las personas qué sienten al realizar una actividad productiva que disfrutan, en sus respuestas aparece una y otra vez «el descubrimiento o creación de algo nuevo». Parece que disfrutar de una experiencia tiene que ver con descubrir algo por el camino.

Para mostrar por qué esto tiene sentido, Csikszentmihalyi invita a pensar en lo siguiente:

Imagina que quieres crear un organismo, una vida artificial, que tenga las mejores posibilidades a sobrevivir en un entorno complejo e impredecible, como el de la Tierra. Quieres que el organismo tenga implantados mecanismos que le preparen a enfrentarse al mayor número posible de peligros y aprovechar la mayor cantidad posible de oportunidades. ¿Cómo lo harías? Probablemente querrás diseñar un organismo que sea básicamente conservador, que aprenda las mejores soluciones del pasado y las siga repitiendo ahorrando así energía.

Pero la mejor solución también incluiría un sistema que daría al organismo un refuerzo positivo cada vez que se le ocurre una idea nueva o comportamiento nuevo, aunque éstos no sean inmediatamente útiles. De hecho, sería importante que el refuerzo positivo no se dispare sólo por los descubrimientos útiles porque es sencillamente imposible predecir las situaciones que el organismo puede encontrar mañana, el año que viene o la próxima década. De modo que el mejor programa es aquel que hace que el organismo se siente bien cada vez que descubre algo nuevo, independientemente de su utilidad en el presente. Y esto es lo que parece que pasó con la especie humana a lo largo de la evolución.

Me parece que ese mecanismo del refuerzo positivo resulta especialmente útil en los tiempos actuales. ¿Por qué no aprovecharlo de manera consciente? Aprovecharlo especialmente en el ámbito del aprendizaje a lo largo de la vida, al diseñar espacios, entornos y contextos en los cuales disfrutar realizando las actividades creativas propias del mundo en red y de las economías del conocimiento y colaboración. Serán los entornos que desplazarán las actuales escuelas y los actuales lugares de trabajo.

Para ello, es interesante seguir aprendiendo de Csikszentmihalyi (cuyo apellido puede que hasta aprendamos a pronunciar al final) y conocer los detalles de ese estado que él ha llamado fluir (flow) en que experimentamos placer, bastante parecido al placer instintivo relacionado con la comida, el sexo y la conquista, pero aplicado a actividades creativas.

  1. Objetivos claros en cada paso. Frente a las necesidades contradictorias del día a día y la sensación de falta de sentido de lo que hacemos, cuando disfrutamos aprendiendo sabemos en todo momento qué tenemos que hacer y qué sentido tiene lo que hacemos.
  2. Feedback inmediato. Sabemos acto seguido si lo estamos haciendo bien o no. Se trata de una especie de autofeedback que damos a nosotros mismos. Lo podemos hacer porque tenemos interiorizadas las reglas del juego.
  3. Equilibrio entre desafíos y capacidades. Es común sentirse frustrado porque las tareas nos vienen grandes o sentirse aburrido porque no podemos hacer uso de lo que sabemos. El fluir se caracteriza por la harmonía entre lo que sabemos y lo que el entrono nos permite hacer.
  4. Atención está centrada en la actividad. El resultado de los puntos anteriores es un entorno idóneo para centrar la atención únicamente en lo que hacemos sin que nada nos pueda distraer.
  5. No hay miedo al fracaso. Con la atención centrada en una única cosa, estamos demasiado ocupados para pensar en un posible fracaso. Nos sentimos seguros.
  6. Olvidarse de sí mismo. Mientras que en el día a día nos preocupamos por lo que otros pueden pensar de nosotros, cuando disfrutamos aprendiendo, nos olvidamos del ego.
  7. El tiempo desaparece. Las horas pueden parecer minutos o al revés: los minutos horas. En cualquier caso, nuestra percepción del tiempo está alterado.
  8. La actividad merece la pena por sí misma. Este punto no podría expresarlo mejor que Ángela Dini: «a veces me pagan por diseñar, pero lo que no saben es que lo haría de buena gana gratis».

¿Qué sucede cuando disfrutamos con el trabajo?

El deseo de libre mercado, en el origen de las revoluciones árabes

Hernando de Soto recuerda en un comentario en FT que fue el deseo de libre mercado, el deseo de poder trabajar en una economía de mercado, lo que desencadenó las revoluciones en el mundo árabe. El frutero que se quemó a sí mismo en un mercado fue, como el 50% de los trabajadores del mundo árabe, un emprendedor al margen de la legalidad que quería tener propiedad y a hacer negocios sin que le fastidien las autoridades corruptas. De Soto cuenta, entre otros, que conseguir esto le habría llevado 55 pasos administrativos durante año y medio por un coste equivalente a 24 meses de sus ingresos.